Además:

Morir dos veces

2009/11/30
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No puede uno pretender estar vivo todas las semanas. Hay semanas en las que a uno le toca morirse, y así nomás es. Esta semana me tocó morir dos veces y leer en los periódicos las noticias de mis muertes. Nunca me había muerto dos veces en una semana, esta tiene que haber sido la peor semana de mi vida, o la mejor, teniendo en cuenta que, después de morir, sigo vivo. Me mataron por primera vez el sábado. Yo estaba durmiendo. No me enteré de que estaba muerto. Me dormí a las cinco de la mañana en Bogotá y cuando desperté a las tres de la tarde ya estaba muerto. Me enteré de que estaba muerto leyendo las noticias y mis correos electrónicos. La CNN, o unos piratas cibernéticos que habían usurpado el logo de la CNN, me había matado. Según la CNN (y uno no se atrevería a poner en entredicho la credibilidad de la CNN), yo estaba muerto hacía ya varias horas, es decir me había muerto durmiendo y tal vez por eso no lo había advertido y quien ahora leía la noticia no era yo vivo sino yo muerto. La CNN decía que no había muerto de muerte natural, como siempre sospeché que no moriría: me habían matado unos sicarios atropellándome en la calle mientras yo caminaba con aire distraído pensando en el título de mi próxima novela. Pensé: Si la CNN dice que estoy muerto, estoy muerto. Yo siempre le he creído a la CNN más que a Fox y por lo tanto debía resignarme a la idea de que estaba muerto y que ese fantasma o esa ánima en pena que leía la computadora eran los vestigios quizá imperceptibles e inasibles de lo que yo había sido en vida. Enseguida, muerto pero contento, o muerto pero a gusto con lo parecida que era la vida en el más allá con la vida en el más acá (todo era idéntico y nadie me había juzgado aún y ya muerto tenía ganas de mear, lo que me parecía insólito), leí mis correos electrónicos. Tenía cincuenta correos nuevos, cincuenta correos que me habían llegado entre las cinco de la mañana en que me dormí (Dormonid+Stilnox+Klonopin+Mirtazapina+5HTP+Melatonina+30 gotas de Passiflora+ 20 gotas de Valeriana) y las tres de la tarde en que desperté para enterarme de que estaba muerto. Los leí, conmovido. La mayor parte de esos correos eran de mis hijas, de la madre de mis hijas, de mi madre, de mi hermana, de algunos de mis hermanos. Todos me preguntaban si estaba bien, luego en qué clínica estaba, luego en qué morgue estaba y luego, ya resignados, me pedían que les mandase una señal desde el más allá (hazme cosquillas en los pies, me decía una de mis hijas; pásame con tu papi que lo quiero saludar, me decía mi madre; llámame al celular y no hables pero llámame, decía la mamá de mis hijas). Traté de cumplir sus pedidos, trasladarme a la velocidad de la luz hasta Lima, pero no lo conseguí. Si bien estaba muerto, no podía desplazarme como una sustancia etérea, invisible, como suponía que podían desplazarse las almas o los espíritus. Sin perder tiempo, llamé al celular de la madre de mis hijas. -¿Eres tú? –preguntó, con voz afligida. Luego se hizo un silencio que yo no sabía si quebrar con mi voz o respetar para que ella confirmara que estaba muerto. -Sí, soy yo –le dije. -¿Dónde estás? –preguntó ella. -Creo que en Bogotá –le dije. -¿Estás bien? -Sí, me siento bien. -¿No estás muerto? -Creo que no. -Pero la CNN dice que estás muerto. -Sí, eso acabo de leer. -Todos en Lima pensamos que estás muerto. Mis amigas me han llamado para darme el pésame. Las niñas están llorando con sus amigas. -Lo siento. No sabes cuánto lo siento. -¿Se puede saber por qué no contestabas mis mails y mis cien mil llamadas? -Porque estaba dormido. -¿Te acabas de despertar? -Sí. -¡Son las tres de la tarde! -Sí, ¡pero no estoy muerto! -Eres tan raro que nunca sé si creerte. Si quieres demostrarnos que no estás muerto, ¡toma el primer avión y ven a vernos inmediatamente! -Eso mismo haré, te prometo. Salgo enseguida al aeropuerto. -¿Te paso con las niñas? Escuchaba a lo lejos sus sollozos, los llantos de sus amigas. Me sentí feliz de que me llorasen tanto, debía de ser que me querían. -No, mejor no –le dije-. No les diga nada, así llego de sorpresa a la noche y ven que estoy vivo. -¿Estás loco? –me dijo, furiosa. -No –le dije-. Pero me gusta que me extrañen, que me lloren un poco. Déjalas llorar un poco más. -Estás mal de la cabeza –sentenció ella-. ¿Y qué se supone que debo hacer con tu madre? -No sé, no tengo idea. ¿Dónde está mi madre, sigue en Europa? -Está en Madrid, rezando por ti. -No le digas nada, déjala que rece un poco más, eso le encanta. Debe de estar feliz pensando que ya me reuní con mi padre. No le rompas esa ilusión. -Bueno, como quieras. Sólo prométeme que vienes esta noche. -Te lo prometo. Voy para allá. Y llama a tus amigas y diles que llamen a CNN para desmentir la noticia. -Yo misma voy a llamar a CNN y les voy a decir que se vayan a la mierda. No pueden andar matando a la gente así. Mañana mismo cancelo CNN. -Debe ser por celos que me han matado –le dije-. Como ahora estoy en NTN, que suena a CNN, los de CNN dieron la noticia de mi muerte para joder a NTN. -Lo importante que es no te conviertas en un NN –dijo ella, con sabiduría. -No, no, alguien tiene que pagar el colegio de las chicas –le dije-. Nos vemos a la noche. Besos. Te quiero. -Yo también te quiero, pero vivo –dijo ella. -Llama a CNN y mándalos al carajo –le sugerí. Luego corrí al aeropuerto, tomé el primer vuelo a Lima, llegué a mi casa y toqué el timbre. Me abrieron mis hijas, llorando con sus amigas. -Papi, ¿no estabas muerto? -Tío, ¡estás vivo! -Chicas, ¡resucité! Fue un momento inolvidable. Nos abrazamos, lloramos, me tocaron y verificaron que seguía vivo. Luego la mamá de mis hijas me abrazó, me besó, me olió y dijo: -No estarás muerto, pero hueles a muerto. Apestas. Anda a bañarte. La obedecí. No fue fácil llamar a mi madre y despertarla en el hotel de Madrid y decirle que seguía vivo. -¿No estás con tu papi? –se apenó ella. -No, estoy en Lima –le dije. -Yo te hacía conversando con tu papi, qué mala noticia me das –me dijo ella. -Lo siento, mami –le dije. -No te preocupes, amor. Ya estoy acostumbrada a tus locuras. -No es mi culpa, mami. Es culpa de la CNN. -No, amor. No culpes a la CNN. Es que te habías muerto y Dios te ha resucitado. ¿No te das cuenta de que es un milagro, amor? -Sí, mami, es un milagro –le dije, y luego ella se quedó dormida con el teléfono descolgado, mientras yo escuchaba sus ronquidos. Pasaron cinco días y, ya de regreso en Bogotá, el viernes leí la prensa de Lima y se me puso la piel de gallina: “Jaime Baylys no existe”. ¿Había vuelto a morir? ¿Había dejado de existir? ¿Quién era el que leía ese titular, yo vivo o yo de nuevo muerto? Esta vez no me había matado la CNN: me había matado un actor. El actor confirmaba que yo no existía, que había dejado de existir. No contaba cómo había dejado de existir, pero lo aseguraba con énfasis y hasta aliviado o contento: “Jaime Baylys no existe. Pobre su familia”. Me sentí muy triste porque por un lado imaginé a mi familia llorándome de nuevo y por otro lado imaginé a ese actor celebrando mi no existencia, mi inexistencia. El actor no podía estar mintiendo, aunque es sabido que los actores son diestros en el oficio de mentir, tal es la naturaleza de su arte. Pero se trataba de un actor serio y talentoso que no saldría a la prensa a anunciar mi muerte sin estar seguro de ella: -“Para mí, Jaime Baylys no existe”. Fue entonces cuando me asaltó la duda. ¿Yo no existía sólo para él o no existía para todos los demás? ¿El actor estaba anunciando que yo estaba muerto o que él me daba por muerto? ¿Estaba diciendo que yo no existía para él, pero tal vez podía seguir existiendo para mí mismo? ¿Podía ilusionarme con eso? Sin saber si existía o no, llamé a la madre de mis hijas y le dije: -¿Has leído Perú.21, El Comercio y Trome? -No –dijo ella-. ¿Qué dicen? -Que no existo, que he dejado de existir. Que según un actor ya no existo. -Ahorita llamo a CNN a preguntarles. -Yo no confiaría en CNN. -¿Entonces a quién llamo? -A Trome. Es una fuente más confiable. La mamá de mis hijas llamó a Trome y no tardó en llamarme: -Dicen en Trome que no estás muerto. -¿O sea que existo? –suspiré, aliviado. -En Trome me aseguran que sí. Dicen que un actor ha salido a decir que no existes, pero ellos han hablado con todas las morgues y han confirmado que todavía existes. Me toqué la panza y me pareció que todavía existía. -En Trome me dicen que te cuides, que el actor dice que no existes y ellos creen que está dispuesto a matarte para probar que no existes. -Claro –dije-. Recién me doy cuenta. ¡Es una amenaza de muerte! -Eso dicen en Trome –confirmó ella-. Dicen que si el actor ha dicho que no existes, es porque se va a ocupar de que dejes de existir. -¡Dios! –di un respingo-. ¿Y ahora qué hago? -Cómprate una pistola –me aconsejó ella-. Y si viene a matarte, dispárale. -No podría –dije. -¿Por qué? -Porque él siempre existirá para mí. -¡Eres un idiota! -Sí, ¡pero existo! -No para el actor. -Es cierto. Pero me basta con existir para mí y para ustedes. -Llama a tu mami y dile que estás vivo. -¿Sigue en Madrid? -Sí. -Ya la llamo. Y tú llama a CNN y diles que estoy vivo y que sólo he muerto para el actor. -Mejor llamo a Trome –dijo ella, sabiamente.