Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
Por lo general, una persona renuncia a un trabajo porque ha sido contratada para desempeñar un trabajo mejor remunerado (es decir, renuncia para ganar más dinero) o porque quiere dedicarse a un oficio que tal vez le procure un menor beneficio económico, pero en compensación le permita disfrutar de dicho oficio más intensamente del que renunció, o le permita disfrutar de ese oficio porque no disfrutaba para nada del que abandonó (es decir, renuncia para sentirse mejor). Parecería insensato que una persona renuncie a unos trabajos muy bien remunerados y de los que disfruta bastante para postular a un trabajo mal remunerado y del que sospecha que no disfrutará tanto o bastante menos de los trabajos a los que ha renunciado. Tal parece ser mi caso. Tal vez debería preocuparme por eso. Yo tengo no uno sino cuatro muy buenos trabajos y me dedico a ellos con pasión y no podría decir que recibo unos honorarios mezquinos (al contrario, me pagan bien y he podido ahorrar un dinero) y en general disfruto de los cuatro trabajos que desempeño, en buena medida porque son trabajos que he elegido y no hago por puro afán de lucro sino porque me gusta dedicarme a esas tareas (y que me paguen bien o muy bien es algo que viene por añadidura pero que no resulta la razón prioritaria para que yo trabaje en esos cuatro oficios). Mi primer trabajo es dirigir y presentar un programa de lunes a viernes en un canal de noticias internacional con sede en Bogotá. Mi segundo trabajo es dirigir y presentar un programa los domingos en un canal de televisión de Lima. Mi tercer trabajo es escribir una columna semanal (esta columna) que publico en algunos periódicos y revistas de la región. Mi cuarto trabajo (y el que más me apasiona o el que hago sin importarme el dinero que me dejará) es escribir novelas, una novela al año por lo menos: eso es lo que me propuse el año pasado, cuando me enteré de que al parecer no me queda mucha vida. Según los médicos, tengo el hígado bastante dañado y puedo morir en cualquier momento si no dejo de tomar las pastillas que, como es obvio, seguiré tomando sin que me tiemble el pulso suicida. En consecuencia, si hemos de creer en los médicos (y yo no les creo o no quiero creerles), no me quedan muchos años por vivir, puesto que mi hígado estragado no soportará toda la basura tóxica que le arrojo y un día no muy lejano colapsará y me mandará al infierno en el que tantos colegas me esperan. Por eso me he obligado a publicar una novela al año por lo menos, y ya tengo escrita la que saldrá este año, en agosto, y la que saldrá el próximo año, el 2011, y estoy escribiendo la que con suerte saldrá el 2012, esté vivo o esté muerto. Lo que quisiera es terminar cinco novelas antes de morirme y ya llevo dos y voy por la tercera. Esos son los cuatro trabajos que animan y dan sentido a mis días: dos provienen de la televisión y dos del vicio de escribir. Irónicamente, los que mejor me pagan (los que provienen de la televisión) son los que menos disfruto y los que a veces detesto y los que sueño con dejar algún día. Cruelmente para mi vanidad, los trabajos que más disfruto (los que seguiría haciendo aunque no me pagasen) son los que menos dinero me dejan. No se crea entonces que tengo cuatro trabajos porque me gusta trabajar. Tengo cuatro trabajos porque los dos que más me gustan no me dejan suficiente dinero para pagar las cuentas de mi familia. Como escribir novelas y columnas periodísticas son trabajos que dejan poco dinero (o al menos ese es mi caso, no necesariamente el caso de todo escritor), me veo obligado a trabajar también en la televisión de Lima y en la de Bogotá. Podría, sin embargo, trabajar solo en una de esas dos televisiones, y ya con eso tendría suficiente dinero. ¿Por qué entonces tengo cuatro trabajos cuando podría tener tres y con esos tres trabajos ganar bastante dinero, todo el que mi familia necesita para darse la buena vida que sin duda se merece? No lo sé. No tengo respuesta a esa pregunta. Pudiendo conformarme con tres trabajos, me obligo a desempeñar cuatro. ¿Lo hago por codicia, para ganar más dinero del que realmente necesito? No lo sé. ¿Lo hago por vanidad, para que me vean en muchos países y no solo en el que nací? No lo sé. ¿Lo hago porque, a despecho de lo que pienso de mí, no soy tan haragán como creo y en realidad soy sin darme cuenta un sujeto que no puede vivir sin trabajar? No lo sé. Sospecho que tengo cuatro trabajos pudiendo tener tres y hasta dos y hasta solo uno porque soy ambicioso, porque soy vanidoso y porque soy emprendedor y también porque no consigo disfrutar de la vida si no estoy haciendo algo útil que me permita no pensar en lo miserablemente jodida que es la vida: pensar en la vida, en mi vida, en el caos que ha sido y es y será mi vida, es algo que me entristece y confunde y llena de melancolía, y por eso necesito trabajar, porque cuando trabajo me distraigo de esa tentación peligrosa y destructiva que es la de tratar de dar sentido racional a mi vida. Me fui por las ramas. Regreso al punto original: ¿Por qué estoy considerando dejar mis cuatro buenos trabajos para aplicar a un trabajo mal pagado, ferozmente estresante, que dura cinco años (cinco años que no sé si conseguiré sobrevivir) y para el que muy probablemente no seré contratado por mis empleadores? ¿Qué sentido tiene renunciar a cuatro trabajos para postular a uno en el que ganaría mucho menos dinero y en el que sospecho que la pasaría bastante mal? Racionalmente, no tiene ningún sentido dejar cuatro buenos trabajos para postular a un trabajo que casi con seguridad no me darán (porque no me considerarán apto o calificado para desempeñarlo debidamente) y que, aun en el improbable caso de que me lo concedieran, me condenaría a ganar mucho menos dinero y a someterme a unas tareas extenuantes durante cinco largos años, unas tareas que racionalmente no podrían ser más gratificantes que los trabajos que he desempeñado en los últimos veinticinco años o más: escribir novelas y hacer televisión. Ninguna persona cuerda debería dejar cuatro buenos trabajos, muy bien pagados, que le gustan mucho, para postular a un trabajo mal pagado, para el que seguramente no será contratada. Ninguna persona sensata, prudente, racional, cambiaría cuatro buenos trabajos por la incierta posibilidad de un trabajo mucho peor (al menos, en términos de dinero y goce personal). Ese trabajo mal pagado, que dura cinco años, que te abruma de opresivas e inesperadas responsabilidades, que casi con seguridad te condena a ser odiado por muchas personas, que puede costarte la vida a manos de un sicario o un loco o un fanático, es el de ser presidente del país en el que nací. ¿Por qué debería siquiera considerar postular a ese trabajo infernal si por el momento disfruto de cuatro buenos trabajos? ¿Por qué debería dejar de escribir novelas para dedicarme al oficio incomprendido y rara vez agradecido de servir a los demás? ¿Por qué me resulta tan seductora, hipnótica y fascinante la idea de joderme la vida, la poca vida que me queda? No lo sé. No tengo idea. Racionalmente, es una locura que piense siquiera en ser presidente de mi país o presidente de cualquier cosa. Yo he nacido para estar solo y para escribir y para decir lo que me sale de los cojones y para que nadie me joda la vida pidiéndome que le resuelva sus problemas cuando a duras penas puedo yo con los míos. Un simple cálculo racional me dice que si soy candidato a la presidencia perderé casi con seguridad y que en el caso improbable de que ganase me joderé la vida sin remedio. Debiera entonces quedarme con mis cuatro buenos trabajos y olvidarme del sueño autodestructivo de ser el hombre más poderoso e infeliz de la tribu en la que nací. Debiera ser capaz de olvidarme de ese sueño, pero no puedo olvidarlo y no me pregunten por qué no puedo olvidarlo, no lo sé, el hecho es que está allí, turbándome, inquietándome, desvelándome. No me importa joderme la vida, dejar de escribir, morirme antes de tiempo, que me reviente el hígado o que me mate un imbécil lleno de odio: quiero ser presidente y sueño con ser presidente y trabajaré como un poseso para intentar ser presidente y lo más curioso es que no tengo la más puta idea de por qué carajo quiero tan obsesivamente ser presidente, solo siento que es algo que está en mi destino envenenado y que en esta hora decisiva no debo ser un cobarde y esquivar la cita con el destino malhadado como un señorito pusilánime y que debo plantarle cara a la bestia que viene bufando a cogerme y morir toreando como siento que han de morir los valientes. Tal vez sea aquella la respuesta: quiero ser presidente por la misma razón por la que hace veinte años quise ser escritor: por puro arrojo torero, para sentir el miedo del que lo arriesga todo en nombre del coraje y de la poesía que habita en el coraje y la redención del que entrega la vida por un sueño que la embellezca aun perdiéndola.