Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
“¿Dónde estaba mi madre cuando mi padre abusaba de mí? Era imposible que ella no se diera cuenta. Se iba a la calle y me dejaba sola con él”. Lucía, arquitecta, 36 años, dos hijas. El abuso no es incesto, pero es igualmente grave. Es ruptura de límites y está impregnado de violencia. Mi experiencia clínica dice que las madres, muchas veces en forma inconsciente, crean las condiciones necesarias para el abuso sexual o el incesto. La relación de abuso sexual entre el padre y Lucía comenzó mucho antes de realizarse. La madre sentía que no había mejor hombre que su propio padre, o sea, el abuelo de Lucía. La madre, inconscientemente, 'ofreció’ a su hija en un intento de realizar su propio deseo edípico. Lucía, al sufrir el abuso del padre, también cumplía el deseo de incesto que la madre había tenido en relación con su propio padre. Se actualizaba, de esta manera, toda una cadena transgeneracional. El deseo materno fue captado inconscientemente por Lucía, entrando este en sintonía con sus propios deseo edípicos. La madre –sin quererlo de manera consciente– dejó de ser la protectora para convertirse en cómplice. Lucía había quedado fusionada con su madre. Cumplía el deseo inconsciente de esta, como si fueran una sola persona en algunos aspectos. Es función esencial de la madre que la hija se estructure como un ser “independiente de ella”. Las hijas no saben que es tarea obligada independizarse de la madre, aun con la resistencia de esta y con mucho dolor para ambas. ¿Cuándo una mujer es independiente de su madre? Quizás cuando la opinión de esta no la afecta; y cuando desea y hace con su persona todo aquello que desearía para su propia hija. Se evidencia la dependencia cuando hay peleas, sumisiones, no se acepta lo que la otra piensa, desea o hace, resentimientos, reclamos, entre otros.