Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
Salvo que se crea en la teoría dieciochesca de Adam Smith, esa que dice que al buscar cada hombre su beneficio individual se termina alcanzando el bienestar general, el Perú del siglo XXI es un país que carece de un proyecto colectivo. Es decir, carece, precisamente, de lo que le da sentido a la palabra “país”. Digo esto no en tono de crítica ni de lamento, sino como un frío hecho digno de analizar. Como quiera que, así al menos lo entiendo yo, el horizonte colectivo de un país se refleja en la política, en sus proyectos políticos y su actividad política, justo es decir que la política peruana hace mucho tiempo ya, pero hoy más que nunca, nada tiene que ver con la propuesta de un destino común. Al contrario, y eso es lo interesante aquí, la política peruana se ha convertido en la apuesta de los proyectos personales llevados a los límites del paroxismo. Aunque muchas veces se ha dicho que la política peruana es antropomórfica, lo cierto es que los antropomorfos que la lideraban representaban un proyecto de país, una visión del mundo y de la historia. Así, el antropomorfo ponía sus cualidades personales, su pericia política y su carisma al servicio de una idea que lo trascendía. Fujimori fue, en realidad, el último político que encarnó una idea de ese tipo. Sin saberlo, por supuesto, porque era intelectualmente nulo y culturalmente un ignorante, lideró instintivamente un proyecto tecnócrata y pragmático enmarcado en el triunfo histórico del capitalismo sobre el comunismo. Aterrizado en el Perú, el triunfo del progreso sobre la barbarie senderista. Paradójico que el último político en representar un ideal colectivo haya sido quien sepultara la política de los ideales colectivos. Porque la “Transición”, en realidad, no tuvo más propuesta colectiva que la decencia, y eso es un pálido reflejo de cualquier visión del mundo. Toledo y García ni siquiera llegaron a eso. Y hoy tenemos que el progreso, que antes se proponía común, pasa primero por el proyecto del progreso propio. De ahí que nada importe la colectividad política convertida en un mero instrumento para el proyecto privado. Así ven la política los políticos y así la ven también sus electores. Por eso resulta obvio que hay que repensar el significado de lo que entendíamos los peruanos por “política” y lo que entendemos por “país”. Ver si, efectivamente, la vieja teoría económica de Adam Smith también es válida para la política o si aquello de “yo te doy lo que necesitas si tú me das lo que necesito” no termina en el bienestar general, sino, como en la película que presta el título a esta columna, en una sórdida tragedia de prostitutos.