Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
“'Por lo menos se hubiera quedado para agradecerle lo que le hizo reír de niño’. Eso –dijo Atahualpa Yupanqui– fue lo último que me dijo el 'Maestro’ en aquella despedida. Luego, el ómnibus partió de Lausanne a Ginebra”. Cuando Atahualpa hablaba del 'Maestro’ –así, con una mayúscula enorme–, se refería a Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura y personaje que, a través de sus obras, influyó definitivamente en mi vida y en la de muchos de mis contemporáneos. Entrevistar en Lima a Atahualpa ya era una fiesta, pero escucharle decir que había pasado una semana en la casa de Hermann Hesse transformaba la alegría en una sorpresa inolvidable. Que mi muy admirado Atahualpa hubiese convivido con quien, junto a Gandhi, era mi referente espiritual más sólido, era más de lo que podía esperar de aquella entrevista radial. Todo comenzó cuando tímidamente le pregunté a Atahualpa si había conocido a Gardel. “¿Sabe? Mi gran pena fue que nunca pude invitar a ese muchacho a comer un bife”, me dijo. Y claro que lo había conocido, pero no lo había tenido solo para él como yo, en ese momento, tenía para mí a Atahualpa. De Gardel pasó sin escalas a Federico García Lorca y su fugaz visita a la Argentina en la década del treinta. “Yo era muchachito y me colaba en las conversaciones de los mayores. Me lo permitían por mi guitarra. Federico hablaba, y mientras lo hacía, dibujaba en las servilletas del bar. Cuando nos fuimos, le pregunté si me podía llevar los dibujos. 'Claro, chaval, son tuyos’, me dijo, y ahora deben estar en mi rancho de Santiago del Estero”. Atahualpa estaba imparable, me llevaba de una sorpresa a otra por la atención casi obsesiva que yo ponía en sus relatos. Pasó luego a la chilena Gabriela Mistral, a quien también había conocido, y ya, como para dejarme definitivamente en la lona de mi júbilo, apareció el nombre de Hermann Hesse. “Le envié una carta desde París –contaba Atahualpa– y me invitó a pasar unos días en su casa de Lausanne, en Suiza. Acepté encantado y allí conversamos como si en ello nos fuera la vida”, continuó. “Me aconsejó escribir a partir de las cuatro o cinco de la madrugada. Y me dijo: 'Se prepara una gran tetera con té caliente y verá qué buenos resultados obtiene’”. Que mi escucha fuera la tercera pata de esa mesa donde, fuera del tiempo, había logrado reunir a Atahualpa Yupanqui –gracias a Serginha Caller–, a Hermann Hesse –gracias a Atahualpa– y a mi corazón en estado de gracia por el contacto con seres humanos que tanto significaban para mí, fue quizá el mejor presente que recibí de mi trabajo periodístico en el Perú. Regresemos al principio. Dijo Hesse: “Atahualpa, quédese el fin de semana conmigo: tendré una visita que estoy seguro le va a interesar”. “No puedo, Maestro –le respondió Atahualpa–. Tengo un recital en Ginebra y no puedo dejar plantados a los camaradas”. Luego vino el viaje a la estación de buses, y ya con Atahualpa instalado para partir, le hizo la misma pregunta: “¿Y quién lo va a visitar, Maestro?”. “Chaplin –respondió Hermann Hesse–. Charles Chaplin”.