Además:

Mensaje sin alma

2008/07/29

Sin sorpresas, pero largo, aburrido y con pocas ideas.

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Para un presidente que al empezar el tercer año de su primer gobierno –en 1987– pateó el tablero, quiso estatizar la banca y arruinó su administración, es tranquilizador que empiece el tercer año de su segundo período con un mensaje sin sorpresas, pues significa una continuidad con lo que ha venido haciendo en los primeros dos años. Lo malo, sin embargo, es que un presidente con una experiencia tan amplia –dos gobiernos y toda una vida dedicada a la política– pronuncie un mensaje tan aburrido, tedioso, prolongado y con más números que ideas. En este sentido, el mensaje de ayer pareció el de un presidente experimentado pero cansado, sin muchas ideas nuevas ni ganas de querer buscarlas, quizá porque siente que lo que ha estado haciendo hasta ahora es suficiente para terminar 'bien’ su gobierno actual y con el camino preparado para regresar en el año 2016 para lo que sería su último mandato. El diagnóstico ofrecido ayer por el presidente Alan García es pertinente, pues planteó el dilema de un país que crece con solidez, pero enfrenta severos problemas en la tarea redistributiva. Por ello, tiene sentido anunciar que a partir del tercer año de gobierno se producirá una reformulación de prioridades que permita que las políticas sociales sean el esfuerzo central del sector público. También fue atinado el anuncio de que esto se realizará haciendo compatibles la política fiscal con el control de la inflación, lo que pasa por no incrementar el gasto, sino por gastar mejor los recursos con los que ya se cuenta. El gran problema del mensaje, sin embargo, es que no aportó muchas ideas específicas sobre cómo hará el gobierno para lograr que se produzca la reconversión que anuncia el presidente, con el fin de permitir que se mejore sustantivamente su acción en el terreno social. Por ello, quizá el mejor momento del mensaje –de casi dos horas– fue ese par de minutos en el que el jefe de Estado hizo una autocrítica por no atacar bien los problemas de salud o corrupción e, incluso, por “la falta de serenidad y modestia” de su administración. Lo que no dijo, sin embargo, es qué hará para superarlos. Por ello, parece que, para bien y para mal, lo que viene es más de lo mismo.