Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
Cuando las ideas se instalan en el sentido común es muy difícil revisarlas. En nuestro sentido común político, el canon proveniente del impuesto a la renta que pagan las industrias extractivas es una poderosa idea que no se puede cuestionar a menos que se afecten intereses de diversa índole. Ya varios especialistas han subrayado la inconsistencia de este canon respecto a la Constitución. Si los recursos del subsuelo en todo el territorio del Perú pertenecen a todos los peruanos, esto es, a la nación, no tiene sentido retribuir a las localidades parte de la renta nacional que se produce en ellas. Esos recursos no son suyos sino de todos. Entiendo que inicialmente el propósito fue combatir una justificada percepción de exclusión: “si se llevan la riqueza de nuestra tierra, si generan riqueza frente a nosotros, algo deberían dejarnos”. Y esta percepción se justifica contra el centralismo político y económico. Y se justifica también moralmente: es insostenible que el gran capital crezca ante tanta pobreza. Sin embargo, esta percepción ha ido mutando en los últimos años. Ahora escuchamos decir: “el canon es nuestro derecho porque están explotando nuestro mineral”. Y así se añeja una percepción fatal que hace que cada localidad considere como exclusivo y excluyente los beneficios de las industrias extractivas. Contra el centralismo, la fragmentación. Por eso es que, entre otras cosas, los departamentos no pueden constituir regiones: no se quieren integrar, sumando sus fortalezas, porque tendrían que compartir “su” canon. Lo que sucede hoy entre Tacna y Moquegua es una ridícula historia ya conocida. Lo peor de todo es que los políticos locales han convencido a los políticos nacionales de que “su derecho” debe ser respetado. Y cuestionar esto puede dar lugar a reacciones destempladas, basadas en lo peor, en chovinismos regionales, en dignidades localistas. El reto cultural que impone la descentralización es inmenso: cómo recuperamos la noción de comunidad nacional como resultado de la sinergia entre las regiones, cómo convertimos la lucha contra la pobreza en una tarea universal y compartida, cómo nos convencemos de que no es posible un desarrollo duradero si seguimos mirando nuestra isla, defendiendo el archipiélago.