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Meditaciones de la globalización

2008/11/28
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Las preocupaciones de los habitantes de este planeta son tan variadas como sus cocinas, sus lenguas o sus religiones. Hay quienes, con toda justicia, viven preocupados por el cambio climático y creen que ese tema debiera ser el prioritario. Otros se afanan por la crisis económico-financiera y asisten alelados a la montaña rusa bursátil sin encontrar las respuestas que esperan. No faltan quienes se preocupan por la religión y, como el cardenal Cañizares de Valencia, sueñan con volver a la Iglesia Católica de los tiempos de misas en latín y de prelados con capas de cinco metros para aumentar su majestad. La mayoría, sin embargo, no puede permitirse angustias tan abstractas y funda las suyas en temas tan triviales como la desocupación, el subempleo, la salud, las sequías, las hambrunas y todo el cortejo de males que siempre ha acompañado a las minorías frente a la mirada a veces desdeñosa y eventualmente compasiva de las mayorías. Esta diversidad pareciera encerrar a sus actores en compartimentos que los aíslan de quienes no participan de sus cuitas, sus intereses o su cosmovisión. Cuando se habla de globalización se habla de procesos de integración que se dan en la comunicación, en el comercio o en la circulación de las ideas, pero que nunca tienen un efecto que estimule la reflexión del ciudadano común. Efectos que le abran la jaula dorada de su propia cultura. Diría, por el contrario, que a veces estimula prejuicios y estereotipos, y lo que podría conducirnos a sentirnos ciudadanos del planeta Tierra nos lleva, por el contrario, a comportarnos como los integrantes de las antiguas bandas de homínidos que recorrían la selva o el llano en busca de comida y que veían, a quienes sin ser los suyos hacían lo propio, como competidores en la dramática tarea de procurar alimentarse para sobrevivir. Merece, sin duda, una reflexión crítica profunda el reavivamiento de los conflictos étnicos en el interior de varios países (cuyos sangrientos ejemplos estelares son Ruanda y Yugoslavia); el resurgimiento del fundamentalismo religioso en las tres religiones reveladas (judaísmo, cristianismo, islamismo), además de los enfrentamientos entre países por razones que poco tienen que ver con la razón. El clásico “conocer es amar” no funciona con el tipo de globalización que gobierna el planeta. Y no funciona porque la globalización está atada a intereses a los cuales no les conviene que los pueblos avancen en la comprensión del valor de la unidad en la diversidad y, por tanto, seguirán utilizando la diversidad como factor de desencuentro o enfrentamiento. Alguien duda acaso sobre la rentabilidad de la industria bélica, cuyos máximos exponentes son los cinco miembros permanentes (EE.UU., Rusia, Reino Unido, Francia y China) del Consejo de Seguridad de la ONU (encargado de preservar la paz). No es muy difícil deducir que cuando se dice globalización, bajo la sombrilla protectora de tales pacifistas, no se está diciendo paz, comprensión, tolerancia, sino otras cosas que usted ya sabe cuáles son sin necesidad de que yo las nombre.