Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
Alegría destaca los méritos de Al pie del Támesis, la pieza teatral de Mario Vargas Llosa, pero siente que su anécdota ha sido desperdiciada. Espera una corrección. Estamos en una suite del elegantísimo Hotel Savoy de Londres. Un hombre de negocios cincuentón espera inquieto. Aparece una bella mujer que se ha presentado por teléfono como Raquel, hermana de Pirulo. Pirulo ha sido el mejor amigo de la infancia y juventud de este empresario, conocido en ese entonces como Chispas. Chispas cuestiona la identidad de Raquel. Nunca escuchó a Pirulo mencionar una hermana. Las excusas de Raquel parecen endebles. La visita es insólita también porque, al terminar el colegio, Pirulo se ausentó totalmente de todo y de todos, dejando un doloroso vacío en la vida de su camarada. Chispas no ha sabido nada de Pirulo en treinta y cinco años y, en ese lapso, se ha casado y divorciado tres veces. ¿Qué hace aquí esta desconocida? ¿Ha venido a sacarle plata? Raquel le explica las razones de Pirulo para desaparecerse. ¿Acaso no recuerda Chispas que a Pirulo le pegó? En las duchas del gimnasio del Terrazas y en un arranque defensivo, el joven Chispas -un muchacho fornido- le propinó a Pirulo un puñetazo que casi le destruye la boca. El motivo fue un frustrado beso en los labios que Pirulo quiso darle. La precisión de los detalles que Raquel conoce de tan íntima pelea hace que Chispas se vaya dando cuenta -y nosotros con él- de una muy sorprendente pero, al mismo tiempo, previsible verdad: Raquel es Pirulo, después de un total cambio de sexo. El asombro de Chispas deviene incontrolable ataque de risa. Pasada la risa, aparecen las preguntas que cualquier hombre curioso haría en un caso así. Raquel las responde con franqueza y en suficiente detalle. Le creemos y -lo que es más importante- le cree Chispas. Inventándose un pasado imaginario, la pareja ahora emprende dos de esos infantiles juegos de representar situaciones que con frecuencia vemos en el teatro. Primero juegan a estar contrayendo un elegante y muy limeño matrimonio. Luego juegan a los apasionados escarceos entre amantes heterosexuales. Chispas, presionado por Raquel, confiesa que sus tres matrimonios fracasaron por disfunción eréctil, condición que solo ha podido contrarrestar fantaseando con ese beso que, en su imaginación, fue permitido y, por cierto, disfrutado. Comenzamos a sospechar que el futuro desarrollo de este encuentro con Raquel irá por el lado de las confesiones entre homosexuales. O, acaso, pensamos que, a lo mejor, Chispas es bien hombrecito y la situación irá por el lado de un renacimiento del profundo amor que Chispas le tuvo a Pirulo y que, ahora, la nueva sexualidad de su antiguo camarada le da permiso para expresar. Comienzo a fantasear con que la obra terminará con un beso. Pero no. Nada de eso. De golpe y porrazo, Raquel ya no existe. Se revela que Chispas no solo le dio a Pirulo tremendo puñete sino que lo mató arrojándole una pesa de entrenamiento gimnástico. Pirulo está muerto desde hace treinta y cinco años. Ergo jamás se cambió de sexo y Raquel, a quien tenemos delante, es otro producto de la imaginación de Chispas. Raquel desaparece y Chispas se queda un momento en esa suite lamentando su suerte hasta que aparece. pues Pirulo. Nada menos. En tono mandón, saca a Chispas de allí: lo esperan para resolver importantes negocios. Con la caída de este último dominó se termina de desplomar toda la fila. Que Pirulo aparezca vivo invalida la muerte de Pirulo, tal como esa muerte invalidó la existencia de Raquel y de su cambio de sexo. Y es así como la obra renuncia a explorar los misteriosos vericuetos de nuestra sexualidad para acabar habiéndonos mostrado, sin nosotros siquiera darnos cuenta, las fantasías de un homosexual cincuentón. Apenas eso. Es un fuerte precepto de la mejor técnica narrativa, porque es también requisito inapelable de la verosimilitud, que un evento sorprendente sea, al mismo tiempo, lógico. El espectador, confrontado o quizás embestido por un evento que parece surgir de la nada, debe reaccionar con un extrañado "¿qué cosa?" mezclado con un satisfecho "¡ah, claro!". La total sorpresa inmediatamente comprendida es una de las más agradables sensaciones que la ficción, de cualquier género, puede brindar. Pero, es precisamente en este terreno narrativo que la nueva obra de Mario Vargas Llosa, estrenada el sábado pasado, muestra sus mayores debilidades. Dotada de un perfecto lenguaje oral -no podía ser de otra forma en un prosista de su nivel-, el verdadero tema de Al pie del Támesis se le va de las manos. A mi entender -me atrevo con respeto a esta aventurada conjetura-, a Vargas Llosa le sucede esto por falta de confianza o acaso de destreza en el uso de los medios narrativos más naturales del teatro, esos que harían posible una interesantísima obra realista de acción continua, moderna a la manera de Albee o de Stoppard, una obra con una situación muy fuerte a la que le bastaría, para mantener su interés, ir mostrando con verdad el proceso de la relación entre Chispas y Raquel/Pirulo a medida que van llegando a un lugar que tanto ellos como nosotros desconocíamos. El autor ha narrado el suceso que lo motivó a escribir esta pieza. Fue una anécdota personal, relatada por el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, acerca de su encuentro con un viejo camarada convertido en mujer. He ahí, cómo no, el tema que le interesó al autor, que es el verdadero tema de la pieza que -me atrevo a asegurarlo- Vargas Llosa quiso escribir pero que no ha logrado escribir. Todavía. Al pie del Támesis me deja el ácido sabor de algo importantísimo que pudo haber sido. Y también, por cierto, la idea de la maravilla que la pieza podría llegar a ser, si acaso para Vargas Llosa, como para todo autor dramático moderno, este estreno mundial fuera apenas el buen inicio de un proceso de confrontaciones con el público de sucesivas versiones cada vez más perfectas. La inminente publicación de la pieza en forma de libro me obliga a pensar que el novelista, probablemente, no mueva una letra. Lástima grande si así fuera, porque la idea es magnífica y tanto ella como el arte del teatro merecen, y hasta diría yo que exigen, un arduo y riguroso proceso de prueba y error, que no tiene lugar en la página escrita, no, sino con público y actores y sobre las tablas, únicas condiciones suficientes para que la muerta escritura del libreto cobre vida, único laboratorio donde uno puede ir descubriendo aquello que su obra verdaderamente es, en su total y, acaso, maravillosa plenitud.