Además:

“Matar una vaca es malísimo, pero comérsela es riquísimo”

2008/08/04

Juan Pablo Meneses es un cronista chileno afincado en Argentina que decidió hacer un libro sobre los procesos industriales y sociales que protagoniza la vaca en dicho país. Para esto, compró una ternera, La Negra, y, llevándola de su cencerro, escribió La vida de una vaca.

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"Estudiaba en España cuando conocí a una argentina que me dijo que la fuera a visitar a Buenos Aires. Nos conocíamos de una semana y, cuando llegué, me pareció el paraíso: estaba ella –de quien yo estaba enamorado– esperándome, y, además, estaban tan devaluados que, con la plata con la que era un pobre miserable en Barcelona, allá era millonario. Dije me quedo a vivir aquí", cuenta Juan Pablo Meneses. ¿Cómo nace La vida de una vaca? Siempre me interesó la carne. En el 98 hice un cuento destinado al olvido llamado Carnicería humana, que mezclaba la carne con la industria de la salud, pero la idea me siguió dando vueltas. Tiempo después, en España, el dinero no me daba para mucho y compartí un departamento con unos vegetarianos que odiaban la carne. Terminé siendo vegetariano para ellos y, además, tampoco podía comerme un bife porque no tenía para comprarlo. Mi afición se redujo hasta que llegué a Argentina, un país lleno de vacas, de carne, de cuero y hasta de vacas embalsamadas. Retomó el gusto por la carne. Y por el tema. Pero necesitaba un personaje. No podía simplemente hablar de la carne. Y había oído de un tipo que compró una vaca para escribir sobre las vacas locas; entonces, hice lo mismo. ¿Cómo fue el primer día? Le saque una foto. Tenía una semana de vida. Estaba muy nerviosa y se empezó a mear. Yo también estaba nervioso. Esa fue la primera foto de La Negra. Y publiqué en mi columna que me la había comprado para escribir el libro y que, al final, me la iba a comer. Pero me empezaron a llegar cartas: “no la mates”, “Negrita, estamos contigo”. En su libro relata toda la mecánica industrial y social de este animal. Describo todo el camino, desde el destete hasta que la matan. Pero también está este país, Argentina, mirando a la vaca: hay películas, canciones, poesías, hay todo un folclor dedicado a ella. Yo me había comprado una vaca para comérmela y me di cuenta de que la vaca me estaba comiendo a mí. Entonces, comencé a escribir el libro. ¿La vaca es a Argentina como la papa al Perú? Algo así. Lo que pasa es que la papa es barata. La carne en cambio es carísima. Pero como la gente tiene el derecho nacional de comer carne –aunque no es una ley escrita– el Gobierno argentino la subvenciona. Un kilo de lomo argentino en Alemania cuesta igual que un kilo de Audi cero kilómetros, pero en Argentina cuesta solo cinco dólares. Y esto por un capricho. ¿Llegó a querer a La Negra? Había una relación. Era divertido porque cada vez que hablaba sobre este tema en reuniones de ganaderos, ellos me preguntaban cuántas cabezas de ganado tenía. Yo decía que una. Pero ellos –todos– me decían que el cariño era la muerte del negocio. Y tienen razón. Hubo momentos en que sentí como una comunicación con La Negra. Recuerdo que le hicieron una nota en una revista de rock y mandaron a su mejor fotógrafo, uno famoso por haber hecho fotos de vacas sagradas del rock. Y él me decía que sentía que la vaca le estaba posando. Yo sentí cariño entonces. Supe que ella había descubierto que su posibilidad de sobrevivir era salir de esta terrible plaga del anonimato. ¿Diría que las vacas son como los perros o los delfines? No. Son más ricas (ríe). Hay una contradicción que entendí tarde: la mayoría de la gente piensa que matar un animal es malísimo, pero que comérselo es riquísimo. Y los dos intereses son genuinos. Estoy en contra de que las vacas mueran, pero estoy a favor de la parrilla. Quería escribir un libro carnívoro y terminé como un carnívoro consciente. ¿Qué piensa de los vegetarianos? Creo que gran parte del aumento de consumo de carne es culpa de los vegetarianos. Cuando dije eso en Argentina, hubo muchos que dijeron que esperaban verme colgado en un frigorífico. Pero creo que es así porque los vegetarianos han impedido un debate racional sobre la carne limitándose a decir que los carnívoros son asesinos. ¿Y qué fue de La Negra? Una señora me dijo algo que me tranquilizó: “No existen cementerios de vacas. Todas, hasta las más viejas, se venden, por último, para hacer salchichas o conservas. Y las que mueren con alguna infección las tiran en el campo para que se la coman otros animales”. Así que el destino de La Negra está fuera de mi alcance.