Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
"Mi primer trabajo fue como guía de montaña. Una vez, mi padre me regaló una cámara y, como las montañas son bonitas y se dejan retratar, creen que uno es el artista. En esa época no había más fotógrafos de montaña; entonces, era la novedad. Yo lo hacía por traer un recuerdo a la casa, para que crean que estuve ahí. Más que fotógrafo, soy un andariego empedernido y la fotografía es mi excusa para andar correteando y conociendo", explica. Usted siempre ha trabajado en Ecuador. ¿Qué lo trajo al Perú? Siempre había venido al Perú, como turista. Pero somos países hermanados. Si uno se interesa en Ecuador, tiene que venir acá. Nunca había venido a fotografiarlo, pero se presentó la oportunidad de publicar este libro con la Universidad San Martín. Es el libro Perú desde el aire, en el cual ofrece vistas impresionantes de varios lugares de la costa y la sierra del Perú, incluyendo la capital. Yo había querido venir a fotografiar antes, pero volar en un aparato poco común, como un ultraligero, con las diferencias políticas que había, era imposible. Lo iban a considerar espía. Durante años, la relación entre nuestros países ha sido hostil. Ahora estamos en paz. ¿Qué ha sentido de poder venir y trabajar aquí? Yo vine en el 78 y me tomé una foto en el parque de Chiclayo y tuve problemas con la Policía. Ahora vine asustado, la verdad. Pero, así como me llevé una gratísima impresión del cielo peruano, del paisaje, me llevé una gratísima impresión de la gente: de todos, desde las autoridades hasta la gente de la calle. Es el derrumbe de ese muro psicológico que no tenía razón de ser. ¿Cuánto tiempo le ha tomado hacer este libro? Un mes, que fue muy duro. Volamos mucho, todos los días. Tuvimos suerte con el clima. Siempre despegábamos desde aeropuertos. Tuvimos que adaptar unos tanques de combustible para poder tener más autonomía. En el Perú, a diferencia de Ecuador, las distancias son enormes. ¿En qué rango de alturas ha trabajado? Por las fotos, uno no quiere alejarse mucho del piso. Vamos a 200 o 300 metros del piso. Pero eso es un gran rango porque, en Puno, llegamos a 6,500 metros. A esas alturas se necesita oxígeno y hay que ir bien emponchado, porque la temperatura puede estar bajo cero. El problema son las manos, que no pueden ir muy cubiertas para poder manipular la cámara. ¿Qué impresión le ha causado todo esto? En Ecuador tenemos una ciudad de poetas que usa mucho el término telúrico, que yo no entendía muy bien hasta que vine acá. Esto sí que es telúrico. En Ecuador hemos volado sobre cañones de ríos, pero son chisguetes al costado de los cañones de aquí, en los que uno se siente insignificante, como el Cañón del Pato o el del Colca. En esa inmensidad, en ese avioncito, uno entra en problemas existenciales: quién soy, a dónde voy, cuál es mi papel en el universo (ríe). Hacer fotografías se convierte en un tema irrelevante. En sus fotos, uno siente que está proyectado al vacío. Es un punto de vista privilegiado. El artista no es uno sino el viento, los campesinos, las fuerzas geológicas, hasta los ingenieros que trazan sus caminos, y ni qué decir de los sitios arqueológicos, que son bellísimos. Uno es un cronista que atina a pasar por ahí y tiene el privilegio de ver las cosas desde un ángulo diferente. Desde el aire, Lima no se ve tan caótica como desde aquí abajo, ¿no? No. Para empezar, uno no se queda en el tráfico ni oye las bocinas. Pero me sorprendió lo verde que es Lima desde el aire. Hay áreas con muchos árboles. En Quito hay poquísimos. Pero, claro, también está la periferia de Lima, que es impresionante. El desierto también nos sorprendió. Allá no tenemos desiertos como aquí. ¿Hay cosas vistas desde el aire que le den curiosidad saber qué son? Sí. Hay unos sitios en el Altiplano, cerca de Juliaca, donde hay unos círculos, numerosos, que se distinguen porque el color de la vegetación es diferente. Y no sé qué podrán ser. ¿Puntos de agua? Y también hay áreas de colores que se ven desde arriba que no sé si son sal o arena. Hay un montón de cosas con las que uno se queda curioso, con ganas de bajar e ir caminando para ver qué son.