| Mié. 20 jun '07

Martín Adán, el exquisito indigente

Una de las figuras más desconcertantes y legendarias -si no la más- de la poesía peruana contemporánea peruana es la de Martín Adán (1908-1985), seudónimo por el que todos conocemos al poeta limeño Rafael de la Fuente Benavides. Perteneció a la generación posterior a la de Vallejo, junto con otros importantes poetas marcados por el impacto de la vanguardia, como Carlos Oquendo de Amat, César Moro y Emilio Adolfo Westphalen. Quien quiera leer o releer al autor y comprobar el carácter insólito de su producción puede consultar el volumen compilado, prologado y adaptado por Ricardo Silva-Santisteban bajo el título Obra poética en prosa y verso (Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 2006). Aunque existen otras recopilaciones de su obra -entre ellas una del mismo Silva-Santisteban: Obra poética (Lima, 1980)-, esta es la más completa (supera las 700 páginas) e incluye, además, un disco compacto con la voz del autor.

En verdad, no es tan sencillo adscribir a Martín Adán a la vanguardia porque resulta evidente que había asimilado sobre todo la tradición clásica y barroca, y que estaba muy influido por filósofos, estetas y otros pensadores germanos anteriores a nuestra época. Eso es muy notorio en sus dos primeras colecciones: La rosa de la espinela (1939) y Travesía de extramares, subtitulado Sonetos a Chopin (1945); este es un libro capital que señala la cúspide de su lenguaje culterano, exquisito y absolutamente alejado de toda referencia al mundo real. Pero como trasfondo de esa devoción por las formas puras y de alto rigor y sutileza, se percibe un malestar, un desasosiego existencial, propios de un hombre angustiado por el carácter efímero de la vida, los enigmas de la creación verbal y musical y la incertidumbre de todo. Por esa paradójica fusión de lo clásico y lo moderno, su caso es muy semejante al del cubano José Lezama Lima, encerrado como él en un mundo hermético y de incurable soledad.

Al mismo tiempo, Martín Adán era un ironista y un espíritu burlón, cuya primera obra fue una deliciosa novela vanguardista (seguramente una de las mejores de esa tendencia en todo el continente) titulada La casa de cartón (1927), que conjuga una prosa límpida, un humor delicado y un tono lírico. Allí incluyó los "Poemas Underwood", una especie de "greguerzias" a lo Ramón Gómez de la Serna, de aforismos e instantáneas poéticas; por ejemplo: "La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades".

Este poeta refinado, erudito y fascinado por la perfección fue, a la vez, un hombre aquejado por una crisis espiritual que comenzó como una simple rebeldía contra su aristocrática familia, siguió con una larga serie -el primer episodio data de 1935, cuando era estudiante universitario- de ingresos a sanatorios y asilos psiquiátricos, y terminó con su irremediable caída en una vida de vagabundo alcoholizado o indigente que sobrevivía gracias a la generosidad de unos cuantos. Pese a esa triste situación, era conocido por la agudeza de su ingenio y su cáustico humor. Corrían sobre él muchas anécdotas y frases memorables (algunas tal vez apócrifas) con las que fustigaba ciertos hechos o se burlaba de ciertos figurones del ambiente. A veces eran feroces autoironías, modos de infligirse una sangrienta dosis de humor negro, como: "El Perú es un país de hermosos crepúsculos. Por ejemplo, yo". Esta frase, con una variante, inspiró el título de una antología del poeta publicada en México en 1992.

Quiero incorporar aquí solo una de esas frases que seguramente es desconocida porque me la dijo él mismo y no la he contado antes. Debió ser a fines de los años 50 y el lugar era la librería de Juan Mejía Baca, uno de sus amigos y protectores, que pacientemente recogía las servilletas manchadas de alcohol y grasa en las que el poeta garabateaba sus versos. Juan me lo presentó y yo, emocionado por el inesperado encuentro, alcancé a decirle mi nombre y algunas pocas frases. Lo miré: tenía la cara congestionada, la vista nublada y el tufo de alguien que había pasado días bebiendo. Se apartó por un momento y luego regresó a donde yo estaba. Me pidió que le repitiese mi nombre, y así lo hice. Con un gesto entre patético y picaresco, replicó: "Qué bien. ¿Y yo quién soy?". Naturalmente, guardé silencio.

Martín Adán fue el paradigma del destino trágico de ciertos grandes artistas, quienes para crear parecen necesitar destruirse a sí mismos, convertirse en una ruina para dejarnos algo hermoso y permanente, como un presente endemoniado.




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