Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
El siempre histriónico presidente del Poder Judicial, Javier Villa Stein, escogió el Congreso de la República para su último happening: rojo de ira declaró que la lucha contra la corrupción “no se puede hacer con mariconadas, sino con hombría suficiente”. Por supuesto que, de primera impresión, dan ganas de ponerse de pie y aplaudirlo. Sin embargo, cuando recordamos que este ilustre señor preside la institución a la que se le pierden las pruebas del caso Business Track y es jefe de aquellos jueces capaces de mandar a su casa al impresentable de Luis Valdez o de blindar a los joyones de los Sánchez Paredes, entonces su declaración suena a puros fuegos artificiales (¿o debo decir electorales?), y Villa Stein de pronto muy machito, lo que se dice muy machito, ya no nos parece. ¿Tiene la culpa Villa Stein de que haya jueces corruptos? En realidad sería injusto achacarle a la cabeza de la institución todas las barrabasadas de sus integrantes. Sin embargo, de lo que sí es responsable es de creer, o hacernos creer, que los casos de corrupción en el Poder Judicial son menores y aislados, y que la culpa de tanta indecencia la tienen aquellas instituciones (Fiscalía, Contraloría) que no se comprometen con el tema. Desde aquí un dato para el candidato… perdón para el presidente del PJ: en realidad la lucha anticorrupción no le interesa a nadie, ni a él que la usa para ganar prensa (¿votos?) ni al 80% de los peruanos que consideramos el Perú un país corrupto. De acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre corrupción, si bien esta lacra es el principal problema del país, nadie parece estar dispuesto a hacer algo concreto al respecto. Por ejemplo, cuando se le pregunta al respetable si está de acuerdo con que “un funcionario público favorezca a parientes y amigos”, el 69% contesta que no está de cuerdo ni en desacuerdo. O sea le da lo mismo. Del mismo modo, al 76% de los encuestados no les parece tan grave “dar dinero o un regalo para agilizar un trámite municipal” y el 75% no se escandaliza con el hecho de “llevarse sin pagar productos de una tienda o supermercado”. Para continuar con las cifras desalentadoras, la mitad de las personas a las que les solicitan una coima la pagan y solo uno de cada diez se anima a denunciar el pedido de soborno. ¿Patético? Sí pero real. Estamos tan acostumbrados a funcionar al margen de la ley, a hacer pendejaditas para que el sistema funcione, que en el fondo de nuestro ser la corrupción es casi un modo de vida. Nos ponemos rojos, como Villa Stein, lanzamos improperios contra las ratas y rateros, y nos hacemos los valientes, al mismo tiempo que nos pasamos la luz roja, coimeamos al policía por dos soles y premiamos en las encuestas a candidatos como Keijo Fujimori, Álex Kouri o Francis Allison, todos seriamente cuestionados por casos de corrupción.