Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Estaba estirándome en la cama cuando Sofía, la madre de mis hijas, me preguntó: –¿Por qué no vienes al spinning conmigo? Si vas a ser candidato, tienes que estar flaco. Te conviene bajar unos kilitos, gordi. Te estás poniendo como Alan. Había dormido bastante y me venía bien sudar un poco, así que decidí acompañarla. Sofía me advirtió que la clase sería extenuante para un advenedizo como yo, pero me reí y le dije que sería un juego, una papayita. –Tu bendita clase de spinning será un calentamiento antes de hacer mi rutina en el gimnasio– le dije con aire burlón y ella sonrió. Confiado en mi buena condición física, me puse ropa deportiva y anteojos oscuros y me dirigí al gimnasio dispuesto a estrenarme en la moda del spinning, un ejercicio que decenas de mujeres y hombres, subidos en sus bicicletas estáticas, practicaban con una especie de devoción religiosa y celo fanático. Esto lo tenía muy claro antes de subirme a la bicicleta: el spinning no era un ejercicio más, era una secta peligrosa a la que no cualquiera podía pertenecer. –Si te cansas y no puedes seguir, dejas de pedalear y te bajas de la bicicleta –me dijo Sofía apenas entramos al gimnasio. –No me hagas reír, por favor –dije, con una sonrisa arrogante, jactanciosa–. Yo he jugado fútbol de chico, corro todos los días, mis piernas están entrenadas, tócalas, tócalas, ¿tú crees que no voy a poder montar bicicleta una horita? No me tomes el pelo, por favor. El profesor se llamaba Tony y era un muchacho bajo, musculoso y saltarín, uno de esos jóvenes perfectamente felices que todavía no se han enterado de que un día se van a morir. Le entregué mi ticket y me dijo que jalase mi bicicleta y la colocase frente a él. Puse la bicicleta detrás de todos, me subí a ella, respiré hondo y eché un vistazo: seis mujeres jóvenes comenzaban a pedalear de espaldas a mí y todas eran guapas y llevaban poca ropa, especialmente una brasileña que había amanecido con la feliz idea de hacer bikini-spinning. –Comenzamos bien –pensé, mirando las piernas de la brasileña, pedaleando con pleno dominio de la situación. Tony puso una música lenta para calentar, aplaudió con entusiasmo, gritó frases de aliento que juzgué desmesuradas y pidió que nos preparásemos para la posición “número uno”. Como yo, a mis cuarenta y cinco años, sólo conocía una posición para montar bicicleta, seguí pedaleando en mi posición uno y única. La música nos estimulaba, las chicas eran todas muy lindas, Tony balanceaba el cuello como un cisne marica y yo, pedaleando, pensaba: esto del spinning me está gustando, cuando sea presidente voy a despachar con los ministros haciendo spinning con ellos. Entonces comenzó una canción algo violenta y la cosa se aceleró, pero mantuve todo bajo control. Una música afiebrada invadió el gimnasio, sacudió los espejos en los que nos veíamos reflejados, alborotó a Tony y a las chicas y nos lanzó a pedalear como enloquecidos. –¡Posición dos! –gritó Tony y, como no le hice caso y seguí en mi posición única, se bajó de su bicicleta, se acercó con aire condescendiente y me dijo que la “posición dos” consistía en montar bicicleta sin apoyar las posaderas, es decir casi parado sobre los pedales. Obedecí sus instrucciones y empecé a pedalear como lo hacían él y las chicas y mi amada Sofía, y a partir de ese momento mi vida cambió dramáticamente y para siempre. Si el personaje de Conversación en la Catedral me preguntase en qué momento se jodió mi vida, tendría que decirle: “Cuando cambié a la posición dos y pusieron la versión trance de American Pie cantada por Madonna”. Porque así fue: apenas habían pasado diez minutos y ahora yo pedaleaba de pie como si estuviese escalando el Aconcagua en bicicleta y mi esmirriado cuerpo de trabajador intelectual se bañaba en sudor y la gorra se me caía al piso (y con ella, mi orgullo) y Tony me gritaba que pasase a la posición tres y que pedalease más rápido y yo, con la mirada clavada en el reloj, sólo tenía una idea torturándome: ¿cuánto falta para que termine esta maldita pesadilla? Pero el reloj parecía detenido. Entretanto, mi corazón saltaba, mis piernas se hamacaban, mi optimismo caía al suelo en forma de sudor y el espejo me devolvía la figura de un hombre que pedaleaba con tanta torpeza como angustia, sabiendo que esa estúpida clase de spinning podía acabar con su vida y sus más dulces ambiciones. Miré a Sofía: sonreía radiante desde su bicicleta, pedaleando a tope como una profesional. Juré que no pararía de pedalear, aunque tuviesen que sacarme muerto de allí. Mi orgullo estaba en juego. No permitiría que Tony y su secta de fanáticas me humillasen. Pasé a la “posición tres” y empecé a descargar mis últimas energías en esos pedales. Vi el reloj. Sufrí entonces el primer mareo: faltaban cuarenta y cinco minutos para terminar y me sentía ya a punto de desfallecer. –Esto me pasa por dejar de creer en Dios y por hablar mal de mi tío Bobby –pensé, jadeando como un enfermo, víctima de la culpa religiosa que me inocularon de niño. Voy a morir haciendo spinning antes de ser presidente, la concha de la lora. Qué manera tan estúpida de suicidarme, los papás de Humala van a estar felices. Pensé que mirar las piernas de la brasileña me devolvería los bríos perdidos, así que desvié mi mirada hacia ella, pero gruesas gotas de sudor caían sobre mis achinados ojos, nublando mi visibilidad y empañando de paso mis lentes. Casi no podía ver. Mi cara era un asco de sudor, una mueca agónica, la angustia del que siente cerca el último estertor. Cuando se cumplió la primera media hora, el panorama era poco alentador: no sólo sudaba a chorros, me temblaban las piernas, mi corazón bailaba un mambo taquicárdico y no podía ver, sino que además, para agravar las cosas, empecé a toser convulsivamente, un flujo incesante descendía por mis orificios nasales y sentía un dolorcillo alarmante en la zona baja posterior, allí donde descansaba mi humanidad en la posición número uno. Dicho de una manera más cruda: me dolía tanto el trasero que ya no podía sentarme y sólo lograba pedalear en las posiciones dos y tres, que desgraciadamente eran las más extenuantes. Tony cometió entonces un grave error: acallando por un momento sus chillidos de felicidad ciclística, bajó de su máquina, caminó hacia mí y se permitió criticarme (con ánimo seguramente constructivo: constructivos mis cojones, enano insufrible). Me dijo que debía pedalear más rápido, no apoyarme tanto en los brazos y encorvar más la espalda para que todo el peso de mi cuerpo recayese sobre mis estragadas piernas. –¡Más rápido, más rápido! –me gritó, sin advertir que estaba a punto de desmayarme. Reconozco que perdí el control. Tony no merecía que lo mirase con tanto odio y aludiese a su madre chuscamente. Tan turbia y amenazadora fue mi mirada, que se replegó a su posición de líder y dejó de mirarme. –Si voy a morir haciendo spinning, al menos déjame que muera pedaleando a mi ritmo, malnacido –pensé. Tony se vengó porque puso unas canciones atropelladas, vertiginosas, pero no me dejé intimidar y, alentado por una mirada afectuosa de Sofía, empecé a dominar las posiciones uno, dos y tres, y sentí de pronto el inesperado vigor de un segundo aire. Pensé que lo peor había quedado atrás cuando, súbitamente, mi pierna izquierda dejó de moverse, se trabó y, por mucho que insistí en seguir pedaleando al ritmo de la música trance, mi cuerpo se enzarzó en un nudo con los pedales porque, maldición, los pasadores de mi zapatilla izquierda se habían enroscado con la bicicleta y mi insistencia por seguir haciendo spinning heroicamente provocó lo que ahora narro con dolor: mis pasadores, mi zapatilla, el pesado armatoste de fierro y yo caímos al suelo manchado de sudor. Como si nada hubiese pasado, las chicas lindas siguieron pedaleando ensimismadas y sólo Tony se acercó preocupado, me ayudó a levantarme, me dio permiso para tomar agua (por eso digo que el spinning es una secta, cuidado) y me preguntó si quería descansar. –No –le dije, empapado en sudor, moqueando, los anteojos empañados, sin una zapatilla. –Voy a seguir hasta el final. Y así fue. Terminé mi primera clase de spinning sin dejar de pedalear. Orgulloso, bajé de la bicicleta, respiré hondo y sentí que la pesadilla había terminado. –¡Ahora suban las piernas encima del timón y estírense! –gritó Tony y yo lo miré con todo el rencor del que fui capaz y luego me estiré malamente sobre el charco de sudor en el que había perdido mis mejores energías. Al salir, Sofía me preguntó si quería hacer unos abdominales. No le respondí. Ha pasado una semana y todavía no le hablo. Tampoco puedo sentarme: por eso escribo estas líneas parado.