Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
URUBAMBA, CUSCO. Pocos sitios más representativos de la realidad peruana como Urubamba, pueblo cusqueño asentado en una hermosa planicie entre las cordilleras Central y Oriental. Algunos hoteles aquí son simplemente alucinantes, indescriptibles, una elegante mezcla de tradición cusqueña con lujo occidental, en la que cada noche puede costarle al turista, con mucha suerte y en temporada baja, unos doscientos dólares. Y, sin embargo, apenas uno pone un pie fuera del hotel se encuentra con el Perú que no avanza: poquísimas calles están asfaltadas, muchas casas no tienen servicios de agua o luz y la tasa de mortalidad infantil, en el último censo, alcanzaba un escalofriante 55.9%. Por eso es que resulta una gran idea que aquí se realice la CADE. La atención de todos está centrada, como ya es tradicional en los años preelectorales, en las exposiciones de los candidatos, pero hay un ingrediente adicional que quizás no se ha enfatizado lo suficiente y que debería llamar la atención, al menos, por las seis cifras que, se dice, ha costado. Se trata de la Agenda Prioritaria de la Competitividad, un documento de trabajo a cargo de un equipo multidisciplinario de expertos en áreas que van desde la salud hasta la seguridad, liderado por el ex ministro Luis Carranza y el gurú de la Harvard Bussiness School, Michael Porter, a quien recordarán por haber roto el mito del “milagro peruano” el año pasado. Porter sólo da unas 15 de estas charlas durante todo el año, así que pueden ir haciendo un cálculo de cuánto ha costado no sólo traerlo, sino integrarlo al grupo de trabajo. Tanto Porter como Carranza expusieron en CADE y coincidieron en algo que parece de Perogrullo pero que no lo es: se necesita una estrategia, una visión, de dónde quiere estar el Perú dentro de diez años y para trazar esa estrategia, se necesita una reforma integral de la educación superior pública y técnica, para que se adapte a las necesidades de nuestra oferta de bienes y servicios, una reforma que no sólo puede ocurrir en Lima. En el Perú, la reforma de la educación es el gran tema pendiente, pero ahora las exigencias son mayores que nunca. Porque ya no es un tema sólo del Perú, sino de todo el mundo. En todo el planeta, los cambios tecnológicos están creando una brecha cada vez más abismal entre la formación que ofrecen los sistemas educativos y la situación laboral del mundo real. Sólo para que se hagan una idea: los chicos que dentro de algunas semanas se graduarán de las universidades habrán ingresado a ellas hace cinco años, en el 2005. El 2005 era un mundo extraño: no existían YouTube ni Twitter; nuestras costumbres sociales no habían cambiado gracias a Facebook; los celulares sólo servían para hablar por teléfono y no como ahora para llevar Internet en tu bolsillo, y, al menos en Perú, ni los blogs ni la Wikipedia eran populares. Ninguno de los cambios legales, sociales, económicos o empresariales ocurridos en los últimos cinco años fue previsto en las currículas originales de quienes hoy saldrán al mercado laboral. ¿Qué pasará con los que están ingresando ahora a las universidades y egresarán el 2016? Mientras que en el Perú todavía no podemos formar adecuadamente a las nuevas generaciones para que se adecúen a lo que el país necesita ya, en el resto del mundo, como dice Karl Fisch, los sistemas educativos han empezado a preparar a sus alumnos para carreras que todavía no existen, usando tecnologías que todavía no se inventan, para resolver problemas que aún no sabemos que son problemas. Ese es el mundo en el que nuestro pujante pero fragmentado Perú quiere y tendrá, perdón, tiene que competir. Seguramente éste será el típico tema que será manoseado durante la campaña y que pasará al olvido el 28 de julio del 2011. Hasta que el 2016 nos pase la factura.