Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
1945 fue el año en que se iniciaron las denuncias por abuso sexual contra Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo. Pero la jerarquía católica las fue desestimando una por una, según comenta Alejandro Espinosa en su libro El legionario. Hacia 1954 aparecieron nuevas acusaciones. Tampoco pasó nada. Hasta que un cardenal encontró a Maciel en un hospital, revolcándose sobre un charco de su propia baba, como consecuencia de su adicción a la morfina. Y fue recién en 1956, con Maciel confinado en Roma, que se inicia la primera investigación. Como podrán inferir, las pesquisas vaticanas no concluyeron en nada. La iglesia católica, ya saben, nunca ha querido investigar estos graves asuntos. Siempre ha optado por el encubrimiento y hacerse de la vista gorda. Es así. En fin. Muchos años más tarde, en los ochentas, el sacerdote Juan José Vaca, luego de apartarse de la Legión, decide demandar a su exguía espiritual por las vías oficiales, según las pautas del protocolo canónico. Vaca había sido abusado por Maciel. Desde 1949, aproximadamente. Cuando Vaca tenía trece años. Y qué creen. Maciel ya era entonces amigo de Juan Pablo II, quien se convirtió en su protector. Ergo, todo el esfuerzo de Vaca fue inútil. Nadie le hizo caso. Y los fanatizados legionarios encima chillaban: “Es una conspiración contra el padre Maciel”. “Todo es falso”. “Se trata de una calumnia, de una campaña de descrédito”. “De un complot de exmiembros descontentos y resentidos”. “De un ataque contra la iglesia”. “Son puras mentiras y calumnias”. Y más. Para luego volver al silencio cómplice. La táctica de Maciel, por lo demás, siempre fue la misma. Nunca dar la cara. “Fue una práctica inveterada suya”, relata Espinosa, otro de los abusados por el fundador de la organización mexicana. Hasta que, como sucedió también con la pederastia eclesial en Boston, la prensa intervino. En 1997, el diario norteamericano The Hartford Courant publicó un informe investigativo dando cuenta del historial de perversiones de Maciel. Por dicha investigación nos enteramos que, el fundador mexicano abusó sexualmente de más de treinta niños, entre 1940 y 1960. Que con varios de ellos mantuvo relaciones sexuales prolongadas. Que la iniciación sexual respondía a un modus operandi, que en su caso consistía en llamar por la noche a un niño a su habitación, donde él se retorcía de aparente dolor en la cama, y le pedía luego al chiquillo que frotara su bajo vientre, y la sesión –según no pocos testimonios– culminaba en una masturbación mutua. Que a través del culto a la personalidad de Maciel se inculcaba a los muchachos que era un santo viviente, y por tanto estar cerca de él era un honor. Que el reclutamiento apostólico del fundador ponía el acento en los jóvenes blancos, rubios y de la clase alta. Que les decía a quienes pensaban abandonar la Legión que sus almas se irían, literalmente, al infierno. Que para combatir los pensamientos impuros, recomendaba el cilicio, que era una correa de piel tachonada con ganchos de cadena para envolverlo en los muslos e infringir dolor; o el látigo. Que el sistema interno ejercía un control absoluto sobre los legionarios, a quienes se apartaba de sus familias. Que el religioso mexicano, de acuerdo a varios testigos, era morfinómano. Y así. Pese a ello, es recién en mayo del 2006 y con el nuevo papa que se sanciona al fundador de la congregación. A los dos años, en enero del 2008, falleció. Actualmente, la Legión sigue existiendo pero en un estado de convulsión permanente, revisando sus Constituciones, tratando de refundarse, envuelta en debates tormentosos. ¿Si Maciel era un hombre perverso, sus obras mantienen inspiración divina? ¿La estructura que fue creada para que las atrocidades sean perpetradas debe mantenerse o transformarse radicalmente? ¿La obra puede separarse del fundador? ¿El diseño de la organización no es un reflejo de sus vicios, su ideología y su visión sectaria? ¿Puede existir un árbol malo que dé frutos buenos? Vaya. En esas se encuentra todavía. Hasta ahora. Desde hace cinco años. “La Legión requiere una verdadera conversión”, anota la ex consagrada del Regnum Christi, Nelly Ramírez Mota Velasco, en su libro sobre Maciel. Ojalá lo logren. Su conversión, digo. Y ojalá, también, hayan fumigado a todos sus replicantes, un fenómeno frecuente entre las instituciones religiosas que cobijan a depredadores sexuales.