Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
En un clima de inestabilidad financiera, muchos son invadidos por el temor al colapso y corren a sacar su dinero del banco o a vender sus acciones. Tales comportamientos son absolutamente cuerdos. Por el contrario, cuando tomaron una hipoteca con la idea de que las propiedades subirían de precio indefinidamente o cuando se dejaron seducir por algún agente de bolsa para invertir en algún producto o instrumento financiero nuevo, su facultad para juzgar la realidad estaba interferida. Ver que casi todos los que los rodeaban hacían lo mismo despertó en ellos la angustiosa sensación de estar perdiéndose la oportunidad de participar en algo fantástico. Se dejaron contagiar por un optimismo masivo que los llevó a hacer a un lado sus dudas. Una suerte de locura compartida arrasó no solo con cualquier vacilación sino, sobre todo, con su sentido de realidad. Paradójicamente, los financistas y los gerentes de grandes corporaciones que generan y propagan esta epidemia emocional de voracidad y codicia terminan contagiándose, aunque se cuidan bien las espaldas con sus bonos y sueldos exorbitantes. Parecen olvidar las nefastas consecuencias de las burbujas financieras anteriores –desde la crisis de los tulipanes, en el siglo XVII, hasta las de los mercados emergentes o la de los 'puntocom’– y persisten en la búsqueda de un “objeto fantástico” que materialice la ilusión de la cornucopia, la fuente inagotable de riqueza. A diferencia de lo que sostienen la teoría económica neoclásica y la de la elección racional, los investigadores británicos David Tuckett –psicoanalista– y Richard Taffler –experto en finanzas e inversiones– afirman que la evaluación de riesgos que precede a las decisiones financieras está mucho más determinada por poderosas fuerzas emocionales que por criterios racionales. Según el estado mental del individuo, prevalecerá en su decisión el sentido de realidad o la excitación y omnipotencia que genera la expectativa de poseer el objeto fantástico que le permita cumplir todos sus deseos. La torpeza (o complicidad) de las instituciones financieras suele contribuir a la aparición de una masa de inversionistas eufóricos que generan una inflación emocional, es decir, la burbuja, y cuando la sobrevaluación de las acciones se vuelve insostenible, el pánico que trae consigo el inevitable estallido, de cuya responsabilidad todos se eximen para culpar a algún otro. Esta vez fueron los créditos subprime. ¿Qué vendrá luego? ¿Cuándo pararán estos ciclos desquiciados de alzas súbitas y caídas catastróficas? Para Tuckett y Taffler, la solución pasa por comprender que un mercado que promueve el predominio de la omnipotencia es inherentemente inestable y que las emociones desempeñan un papel central en el campo de los negocios e inversiones.