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Lo que le gusta a la gente

2010/04/16
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El último domingo fui con unos amigos a ver la muestra de Mario Testino en el Museo de Arte de Lima (MALI). Las fotos son espectaculares; sin embargo, lo que más me impresionó fue la gran afluencia de público de todos los niveles socioeconómicos, profesiones, intereses y edades, que hacía pacientemente su cola para disfrutar de la exposición. Ahí estaban madres con sus niños, estudiantes, jubilados, señoronas bien limeñas y pelucones barranquinos esperando pacientemente para consumir arte del bueno. Y ni crean que era por la novelería de ver a Kate Moss casi calata o a Julia Roberts besando una ardilla. No. Las muestras de cerámica de Cupisnique y los dibujos Camilo Blas, que se exhibían en salas aledañas, también reventaban de gente. Llegué a mi casa fascinada con la apuesta del peruano de a pie por experimentar emociones que lo conectarán más con la capacidad humana de crear belleza y lo alejarán de la cotidianidad que a veces resulta tan chata y violenta. Curiosamente, mientras la mayoría de los canales de televisión insiste en llenar la pantalla con propuestas basura que limitan el entretenimiento a chismografía barata, poca ropa, mucha silicona y escasas ideas, los limeños escuchan Mi novela favorita (adaptación radial de los clásicos de la Literatura), asisten masivamente a las ferias del libro y participan en los festivales de teatro. El argumento de “Yo ofrezco basura porque eso es lo que le gusta a la gente” se evidencia como absolutamente falaz, porque resulta que a la gente nos gustan un montón de cosas que probablemente ni habíamos imaginado. Lo que pasa es que la calidad exige, no más presupuesto, sino tener un respeto especial por el otro. Asumir que el público, el consumidor (llámenle como quieran), es un par con el cual se dialoga y no un débil mental al que se le imponen gustos y se le encajan bodrios. El asunto se agrava cuando constatamos que de este argumento mediocre (“eso es lo que le gusta a la gente”) se está abusando más en la política que en la propia industria del entretenimiento. Y así surgen liderazgos como el del alcalde Luis Castañeda, que se escudan en su índice de aceptación para faltarle el respeto al ciudadano. De acuerdo con su lógica de gobierno, todo abultamiento de presupuesto, desastre ecológico o caos vial propiciado por el Metropolitano (más conocido como el 'Lentopolitano’) se justifica porque más del 80% de los limeños ama a su alcalde. Lo que a Castañeda le cuesta entender es que la fidelidad no se castiga, sino que se premia con un trato decente. Es decir si, a pesar de las molestias e incomodidades generadas por las obras, los limeños siguen dándole su apoyo, pues, eso debería obligarlo a esforzarse el doble en dar explicaciones coherentes, en ejecutar los presupuestos de manera sensata y en disculparse cada vez que genere un inconveniente. Al fin y al cabo, el índice de aceptación no es el rating edil que justifica cualquier barrabasada. Es, por el contrario, una carta de confianza que se premia con consideración y más respeto.