Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Que un presidente pierda los papeles y agreda a un ciudadano que lo insultó es noticia. Acá y en la China. Pero, es verdad, que podría haber sido una noticia de esas que se olvidan a los pocos días si el mandatario hubiera salido a ofrecer las disculpas del caso. Total, los presidentes también son seres humanos y pueden tener reacciones violentas. Sobre todo, si se cruzan con sujetos como Richard Gálvez que, vamos, no es ningún héroe sino básicamente un malcriado. Pero el problema acá ya no es si le cayó o no su cachetada a Richard, o si además de corrupto hubo mentada de madre para el presidente. Los detalles, a estas alturas, son lo de menos. Casi, casi me atrevería a decir que la cachetada es lo de menos, porque en lugar de discutir sobre un acto violento, producto de la personalidad, digamos, intensa del presidente, hemos pasado a ser testigos de una serie de hechos graves, que dan cuenta de la mirada tan cavernícola y autoritaria de quienes tienen poder en nuestro país. La verdad no esperaba mucho del presidente del Poder Judicial, el doctor Javier Villa Stein. Me hubiera sorprendido verlo condenar la violencia y hacer un llamado a la cordura. Pero eso no ocurrió y echando mano de su conocido estilo, y al grito de “país de maricas” (qué obsesión la de este señor con el tema), nuestra máxima autoridad de la justicia no solo justificó la agresión del presidente, sino que nos invitó a todos a confiar en nuestra fuerza bruta antes que en las leyes cuando se trata de limpiar nuestro mancillado honor. Como los machos, pues, lo demás son mariconadas. Tampoco ha sido especialmente reveladora la reacción de algunos medios de comunicación. Los más tímidos miraron silbando a otro lado; otros fueron más allá y censuraron sin tapujos a periodistas serios por atreverse a hablar del incidente. Por eso el reportero César Pereyra, y casi todo el equipo de Enemigos Públicos, prefirieron irse a patear latas a la calle antes que aceptar la humillante premisa de que el presidente es intocable. Mis respetos. Por último está el papel desempeñado por el propio presidente, post incidente cachetada. A su torpe manejo del tema y a las justificaciones matonescas sobre su actuación, le han seguido una serie de acusaciones a la prensa que son peligrosas y casi violatorias de la libertad de expresión. A ver, ¿de cuándo acá los periodistas tenemos la culpa de que insulten a los políticos? ¿Acaso no hacen suficientes méritos ellos solitos? ¿Y por qué los medios que se han ocupado del tema tienen que dar explicaciones? ¿Qué clase de privilegios está invocando el presidente en sus declaraciones? ¿Alguien puede explicarme en qué país moderno se supone que vivimos si los jueces invocan la fuerza física para resolver problemas y el presidente amenaza a quienes, haciendo su trabajo, informan a la población sobre un incidente buscando todos los puntos de vista de una historia? Mejor ahí lo dejo, no vaya a ser que me caiga un sopapo.