Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
En Sueños reales (Seix Barral), Alonso Cueto se muestra como el gran lector que es. En los ensayos y perfiles del libro somos testigos de su devoción por Henry James, de su amistad con Julio Ramón Ribeyro y José María Arguedas, de sus deudas con Gustave Flaubert y William Faulkner y de su admiración por George Sand. Sin duda, este libro es una invitación a la lectura… que debemos aceptar. ¿Quién es Alonso Cueto como lector? Siempre he sido un lector voraz y variado. Me interesa todo. Sin embargo, una época que me atrae especialmente es el siglo XIX, el gran siglo de la novela. Aquí se consolida la clase media, y la novela –que habla del conflicto social, del ascenso, de la revolución industrial y más– es el género que mejor refleja y se adecua a estos cambios. Usted es un lector apasionado, que se entrega, que ha cambiado su vida por un libro. Sí. Los libros cambian tu vida, deciden quién eres. Uno es quien es de acuerdo con los libros que ha leído, con los autores que prefiere. Me interesa qué tienen que decirnos hoy sobre nuestra vida diaria, por ejemplo, autores como Shakespeare, Cervantes u Homero. Henry James es su escritor preferido. ¿A quién más admira? Es el autor de mi vida, uno de los que ha cambiado mi existencia. Esta capacidad de la literatura, de la novela, me parece extraordinaria. Miguel Giusti cita en El soñado bien, el mal presente, su último libro, una frase que Milan Kundera toma de la tradición judía: “Mientras los hombres piensan, Dios sonríe”. Lo que Kundera quiere decir es que los hombres pueden funcionar a través de conceptos, de ideas y de elaboraciones abstractas, pero que, en el fondo, la vida está en las historias cotidianas. Por ello, Kundera dice que las novelas son el eco de la sonrisa de Dios, porque la vida no está en la precisión científica o en la unicidad del pensamiento abstracto, matemático, sino en la ambigüedad, en la multivalencia que ofrecen el arte y la novela. Sucede que la vida no tiene un significado sino varios. En Sueños reales cuenta que ha perdido amigos porque estos no compartían su devoción por Henry James. (Ríe). Fue una vez. Yo, generalmente, no discuto si creo que no voy a poder convencer al otro. Sin embargo, en algunos casos, cuando se trata de situaciones muy íntimas, puedo llegar bastante lejos en una discusión. Así ha sucedido con mis escritores preferidos. Cuando uno lee un libro que te cambia la vida, se siente una intimidad, una cercanía muy grande con el autor, quien puede haber escrito su texto hace muchos años, en una lengua distinta y, sin embargo, hay algo en lo que cuenta que uno siente que refleja tus propias experiencias, tus propias vivencias. La comunicación que establece el lenguaje literario es la más profunda que existe, más grande que la que uno puede establecer con personas de carne y hueso, porque tiene que ver con una revelación de vivencias esenciales, fuera de las máscaras, de los lugares comunes, de las apariencias que dictan las costumbres y que se contaminan con la cotidianeidad. Entonces, por la gran intimidad establecida con un escritor, uno es capaz de defenderlo hasta las últimas consecuencias. En el libro están, además de James, Faulkner, Joyce, Flaubert. ¿Son su parnaso literario? No están dos autores que han sido importantísimos en mi vida: Proust y Vargas Llosa. Hasta antes de leer a Mario pensaba que las grandes novelas sucedían en París, Londres o San Petersburgo. Con él me di cuenta de que se podía escribir grandes tragedias ambientadas en La Punta o en la calle Diego Ferré, en Miraflores. Eso fue un gran estímulo para mí: como lector y, sobre todo, como escritor. También es un admirador de Onetti, sobre quien escribió su tesis doctoral. Lo que me seduce de él es su exploración de los hombres pasivos, derrotados, que viven inmóviles, en la penumbra. Es decir, del fuego, de la violencia y de la intensidad, que pueden existir detrás de la inmovilidad.