Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
El juez Alejandro Espino Méndez, presidente de la Corte Superior de Amazonas, antes exitoso fiscal anticorrupción, atraviesa uno de los momentos más trágicos de su vida. Su hija, Elizabeth Espino Vásquez, ha tenido que confesar, ante las pruebas irrefutables de la Policía, la autoría intelectual y su complicidad directa en el asesinato a sangre fría de su madre, la abogada Elizabeth Vásquez Marín. Y mientras los reflectores se centran en la cordura de la asesina confesa o en la amoralidad de los malandrines que ejecutaron a su madre, pocos hablan de la participación del juez y ex fiscal en este crimen. Muchos recordarán el sentido discurso del juez, abrazado a su única hija, en el sepelio de quien fue su ex esposa. El juez Espino pidió entonces todo el rigor de la justicia para los asesinos. Caiga quien caiga, dijo el juez. El juez adelantó entonces, según el diario El Comercio, que no descartaba que mafias hubiesen estado detrás del homicidio, mafias que, se supone, estarían ligadas a las que él combatió como fiscal anticorrupción y perseguidor del crimen. Sin embargo, al hacerse público la horrorosa confesión de la hija y de sus cómplices, Alejandro Espino Méndez perdona a su hija y le brinda todo su apoyo ante millones de televidentes, adelantando que coordinará con sus abogados la estrategia de defensa de la asesina confesa. ¿Y si los asesinos hubieran sido las mafias, también los hubiera perdonado como ciudadano y como juez? En otras palabras, ¿tiene derecho el ciudadano Espino a perdonar a su hija el crimen de su madre y el de la ex esposa? ¿Tiene derecho el juez Espino a pronunciar el perdón de un crimen contra la sociedad, antes siquiera de que haya habido juicio y sentencia? No, no lo tiene. Y la premisa es simple. Solo tiene derecho a perdonar el ofendido directo por un crimen. La madre podría perdonar a la hija, pero está muerta. La familia de la madre también tiene ese derecho, irrelevante para la justicia. Pero el ex esposo, aunque quisiera, no tiene ese derecho, como no lo tienen los amigos ni los vecinos ni los compañeros de trabajo. Para que estos la perdonen, primero tendría que haberse hecho justicia en los tribunales y la asesina pagado por su crimen. Sólo después de esto, servida la justicia, la sociedad de la que forman parte el ex esposo y cualquier otro tercero, puede perdonar si quiere. Menos aún puede perdonar un juez. Si así lo hiciere estaría traicionando su deber. Se estaría cometiendo, con todas sus letras, una injusticia contra la memoria de la víctima y contra la sociedad. Y eso ha hecho el juez Espino, pisoteando con su perdón a la justicia que él encarna. La gran tragedia aquí es que la hija no solo ha asesinado a la madre. Aún peor, ha matado moralmente al padre.