Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Es fácil criticar al programa Juntos. Tiene vicios de origen: no tiene línea de base, se lanzó cuando el gobierno anterior estaba de salida y con poca legitimidad, se inauguró en comunidades de Ayacucho confundiendo sus propósitos con los del programa de reparaciones y, finalmente, el mecanismo de selección de beneficiarios es muy discutible porque en zonas tan pobres y dañadas es muy arbitrario discernir a quién le corresponde 100 soles y a quién no. Como dice Iván Hidalgo, además de los problemas, no faltan los mitos que complican su imagen: los que reciben el dinero se han vuelto ociosos; se subvenciona a quien no lo merece (el que tiene unas gallinas más queda fuera); o el que ahora está apareciendo –y es importante despejar– que dice que las adolescentes se estarían embarazando para recibir los 100 soles mensuales. Ciertamente, hay que escuchar estas alertas e investigar para afinar la eficiencia del programa; y está bien la reacción de los ministros de Salud y de la Mujer. Pero tengamos cuidado con que estas informaciones ayuden a echar por la borda los muchos, pero aún frágiles, efectos positivos del programa. Es un logro, por ejemplo, que cada mes las madres de niños menores de doce años de zonas rurales cobren el subsidio. Porque estas señoras, que antes estaban confinadas a sus comunidades, hoy tienen DNI, aprendieron a cobrar, reciben un dinero mensual, deciden cómo gastarlo y tienen un mercado o feria cerca para hacer sus compras. Si compran velas y azúcar o cuadernos y lápices es asunto suyo y poco a poco irán aprendiendo a priorizar sus necesidades y a ordenar su gasto (¡no olvidemos que en Apurímac un tercio de las mujeres son analfabetas!). Pero también porque las estrategias del Reniec y del Banco de la Nación para llegar a zonas alejadas es una buena noticia para la precariedad de nuestras instituciones. Juntos está pensado para dinamizar las zonas más pobres y mejorar las capacidades de la población a largo plazo. Dentro de 10 o 15 años, jóvenes de estos distritos cuyas madres fueron beneficiarias del programa deberían poder decir que de niños estudiaron en escuelas con buena infraestructura, con libros y profesores bilingües; que recibieron sus vacunas ordenadamente, que fueron medidos y pesados, y que cuando fue necesario accedieron a complementos nutricionales venciendo la histórica desnutrición. Hay que entenderlo de esta manera y hacer las correcciones requeridas. Hay que exigirles a los ministros de Salud, Educación y de la Mujer: 1) que inviertan en escuelas y postas para mejorar la calidad de la atención. Eso es lo que está fallando, pues se ha ampliado la cobertura, pero no se han adaptado las instalaciones para esta nueva población necesitada. 2) Y que convoquen a los presidentes regionales y a los alcaldes para hacer la verdadera cruzada contra la pobreza logrando servicios básicos de primera calidad.