Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Luego de que el tribunal sentenciara a Alberto Fujimori a 25 años, se empieza a notar, con increíble nitidez, dos reacciones: la del Perú oficial y la del Perú real. Los partidos políticos, los medios de comunicación y las élites celebran la severidad de la corte y reconocen que se trata de un hito histórico para la democracia peruana y latinoamericana. Se trata del Perú oficial. Sin embargo, en las ciudades emergentes y andinas que rodean los barrios mesocráticos de Lima y en las áreas rurales del país, Fujimori se 'victimiza’ y los líderes fujimoristas señalan que la implacable condena “es el triunfo de Sendero Luminoso”. Negar que Fujimori se victimiza es una verdadera irresponsabilidad para el futuro de la democracia, al igual que lo fue y lo es pretender ignorar el filo del hacha humalista. ¿Por qué gran parte del país reacciona de esa manera ante la sentencia? Un error tan monumental, como los errores de la República de Weimar y la República española antes de las noches fascistas, es el haberle regalado al fujimorismo el triunfo sobre Sendero Luminoso. La guerra contra Sendero Luminoso, junto a las grandes migraciones, es quizá uno de los pocos eventos del Perú como nación. Las bombas terroristas estallaban en las comunidades colgadas de la puna, en las ciudades, en los barrios mesocráticos y encumbrados de Lima e, inclusive, destrozaban las ventanas de Palacio de Gobierno y de las embajadas extranjeras. Una verdadera guerra nacional, la única que tuvimos, y que ganamos con el aprendizaje de tres gobiernos. ¿Cómo es posible, entonces, que las élites le entreguen semejante obsequio al fujimorismo? El fujimorismo está envalentonado por el presente. Sus líderes tienen la conciencia de que, aquí al 2011, la sentencia judicial colisionará con la sentencia política. Allí está el juego y allí está la estrategia. A estas alturas, con los acontecimientos en curso, el ingreso de Keiko Fujimori a la segunda vuelta se presenta como una real posibilidad. Sin embargo, en medio de esta tormenta política que se avecina, y no obstante la confiada reacción del Perú oficial, se filtra un rayo de claridad. Todo indica que Keiko Fujimori pulverizará en la segunda vuelta a Ollanta Humala, de modo que la única manera de evitar el regreso del fujimorismo al poder será evitando que el humalismo siga avanzando. Las mismas encuestas que favorecen al fujimorismo dicen otra verdad: los únicos candidatos que pueden vencer a Keiko, aparentemente, son Alejandro Toledo y Lourdes Flores. El Perú tiene una fortuna especial. A pesar de los yerros de su élite y de la ceguera de sus partidos políticos, como si Dios fuera peruano, el país tiene un enorme margen de maniobra.