Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
"No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui a los toros. Los he visto desde muy pequeño. Al principio, lo que me impresionaba más, en Las Ventas, que es donde me he educado, era la plaza propiamente dicha. Esos tendidos, esa majestuosidad y el ruedo tan grande. Y, luego, el colorido, la fiesta y los olés de la gente. La emoción que se creaba en una faena bonita. Después fui profundizando en el arte de torear y fui sintiendo en mi propia carne el placer de ver pasar al toro despacio”, dice José Ignacio Uceda Leal. ¿A qué edad comenzó en el toreo? La primera becerra que toreé fue a los 5 o 6 años. Pero, para el primer becerro que maté en público, yo tenía 11. Fue entonces que tomé conciencia de que mi vocación era el toreo. Usted pasó por la Escuela de Tauromaquia de Madrid. ¿Cómo funciona una escuela así? Ahí se promociona mucho a los nuevos valores y lo hacen torear mucho a uno por toda España. En cada comunidad importante hay una escuela taurina –son estatales– y se hacen intercambios y concursos entre los mejores alumnos. Fue muy beneficioso compartir con otros compañeros y sentir las primeras rivalidades en pequeña escala, y recibir la enseñanza de toreros retirados importantes que enseñan no solo la técnica, sino la filosofía del toreo. No sé cómo explicarlo, pero uno es torero dentro y fuera de la plaza, es una forma de vivir y de sentir. ¿Haber crecido, haberse formado y haber tomado la alternativa (recibirse como matador) en Madrid, la capital del toreo mundial, es pesado? Esa una presión grandísima, pero también un orgullo. En mi carrera no es lo mismo haber tomado la alternativa en un pueblo que haberlo hecho en Madrid. De hecho, hay que ir a Madrid a confirmar la alternativa. Cuando un torero clásico, como yo, debuta en Madrid, uno recibe una especie de sello y siempre es esperado. Entonces, siento esa presión que, a la vez, es apoyo. Es muy bonito. Es una entrega total. Alguna vez he tenido la sensación de que los toreros, a veces, torean unos para otros. Los toreros somos los mayores críticos entre nosotros. Cuando marcamos a uno como torero de toreros es porque es muy bueno, como Curro Vásquez o Manzanares. Y no por necesidad debe ser torero de masas. Cuando vemos a un torero que interpreta el toreo de una forma especial, nos venimos arriba e intentamos torear en nuestra forma, pero gustándonos más, si cabe. Hay toreros, por otro lado, que no me motivan, lo que no significa que no reconozca su mérito. ¿Qué lugar ocupa el miedo cuando sale al ruedo? El miedo es el compañero de viaje del torero siempre. Yo diría más: sin miedo, sin esa incertidumbre, no se podría torear. Se puede, pero no salen bien las cosas. El miedo me mantiene alerta, me da fibra y la tensión necesaria para torear y transmitir mis sentimientos. El miedo, sin llegar al pánico, es necesario para hacer sentir al que está arriba lo que uno vive. ¿Qué siente hacia el toro? A pesar de lo que pueda pensar la gente antitaurina, que el torero es una persona agresiva, es todo lo contrario. El toro es un colaborador y soñamos con él. Es fundamental para que yo pueda expresar lo que siento. Cuando uno se compenetra con un toro, parece que se acaba todo, que está en un sueño y que todo es como si flotara. Esa sensación no la he experimentado con nada más en la vida. No puedo odiar al toro. Lo admiro. Es un animal mágico que nos da toda su bravura, cuando es verdaderamente bravo, y una nobleza infinita. ¿Dijo que sueña con los toros? Sí. Sueño mucho que toreo. Y sueño con la cara del toro y su expresión. ¿Los recuerdan? Los toros que nos han proporcionado éxito a los toreros, o incluso alguno que hayamos podido indultar por su bravura, los recordamos toda la vida. Forman parte casi de nuestra familia. A todos los recordamos por su nombre. Del indultado, uno se preocupa por su recuperación y su descendencia. El toro nace y no sirve para más que la lidia. Es un animal especial. Llega un momento de la lidia en que el toro, una vez que ya se entregó y peleó, pide la muerte. He hecho corridas en Portugal –donde los toros no se matan– y, cuando acaba la corrida, no se quieren ir: o mato o me matan. Hay como cierta decepción en estas medias corridas, que me parecen medio hipócritas. Es un animal criado para eso, para luchar hasta la muerte. ¿Ha recibido cornadas? Sí. Tengo cuatro. Las cornadas son una putada en el momento en que vienen pero, una vez recuperado, uno las tiene como medallas. Esta es una profesión en la que la cornada tarde o temprano tiene que llegar. Hay que asimilarlo y aprender. La cornada forma parte de la profesión. Claro que duele y alguna mella psicológica deja. Pero es uno de los muchos obstáculos que el torero supera en su carrera. ¿Cuál fue la más seria? Una en el muslo derecho. Fueron tres cornadas en una. Sucedió en Huelva. El muslo quedó abierto de arriba a abajo. Gracias a Dios, no me cogió ninguna arteria. Otra fue en Medellín. No fue tan grande, pero me partió el músculo gemelo en dos y tardé bastante en recuperarme. Fue muy dolorosa. Luego, rotura de hueso, clavícula. Y dos cornadas en el escroto, que son muy típicas. Usted habla de expresar lo que lleva dentro. Así hablan los artistas. El toreo se puede interpretar de muchas maneras. Pero el que a mí me llena, que llena la fibra, es el toreo de expresión, el que dice algo cuando se ve. Se crea de la nada una figura que es efímera porque nace y muere en cada muletazo, pero que se nos queda en la retina para el resto. Uno va a la plaza y puede que, a lo mejor, el trabajo haya estado bien y que hayan gritado mucho y haya habido buena fiesta pero, al salir, no recuerda nada de lo que ha visto. Pero, cuando uno sale de la plaza y ve a la gente pegando muletazos en la calle y se le vienen a la mente fogonazos plásticos de la faena, eso es lo que a uno lo hace volver a los toros.