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La izquierda con fustán versus la derecha con portaligas

2009/04/19

“Pero la reacción (sobre el fallo aplicado a Fujimori) ha ido más allá. No es una polémica jurídica la que se ha desatado, sino una reacción política”.

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Hace algunas semanas denunciábamos cómo para un sector importante de la izquierda peruana que había puesto en evidencia su supuesta evolución hacia formas más o menos democrático-liberales parecía no haber sido más que un ropaje coyuntural, resultado de una acomodación al orden global dominante. La crisis económica internacional –que, dicho sea de paso, ya pasó del mundo financiero al mundo de la economía real y amenaza con seguir ahondándose– fue el detonante para que reaparecieran viejas muletillas anticapitalistas. Y lo más grave, a nuestro juicio, es que ni siquiera expectábamos una eventual legítima regresión hacia los cánones marxistas o leninistas. Bueno fuera que, más allá del desprestigio que puedan haber sufrido las tesis referidas, hay en ellas mucho de valioso que sería bueno que todos leyeran de vez en cuando. Pero no, lejos de ello, el refugio inmediato fue el trasnochado, anticuado y retardatario discurso del nacionalismo populista que hoy domina a buena parte de los regímenes de izquierda en la región. Pues bien, para completar el patético escenario político del país, en nuestra derecha también ha ocurrido en estos días una masiva salida del clóset. La eclosión se ha debido a algo menos dramático que la recesión internacional. El doméstico juicio al ex presidente Fujimori ha sido el gatillo que ha hecho volar en mil pedazos el también supuesto proceso de maduración de un sector de los sectores políticos, empresariales y mediáticos de la derecha peruana. Como en la izquierda, la democracia liberal ha demostrado que solo era un envoltorio pasajero, adoptado quizás como estrategia de supervivencia luego de la implosión del régimen fujimorista y el terror causado por la persecución judicial iniciada en el régimen de Paniagua (la cual, dicho sea de paso, se excedió en muchos casos hasta extremos perversos). Si el debate fuera solo jurídico, santo y bueno. Después de todo, es sano y legítimo poner en duda la solidez de un fallo judicial como el aplicado a Fujimori. Y es democrático respetar los puntos de vista al respecto sin aplicar, a quien ose hacerlo, la lamentable costumbre nacional de la demolición moral. Pero la reacción ha ido más allá. No es una polémica jurídica la que se ha desatado, sino una reacción política. Y en ese trance se repiten sin mayor reflexión lugares comunes carentes de sustento (“esta sentencia es una venganza caviar”, “luego de ella, nuestros militares no podrán enfrentar ninguna reaparición subversiva”, “han ganado los terroristas encarcelando a quien los derrotó”, etc.). “Sí lo está”. ¿Está demostrado que Fujimori ejecutó el autogolpe del 5 de abril sin necesidad de hacerlo? ¿No es verdad que el Congreso había demostrado sensatez al apoyar buena parte de las medidas legislativas pedidas por el gobierno de Fujimori? ¿No está demostrado que el supuestamente inminente triunfo de Sendero, si no se daba el golpe, fue una mentira con la que Montesinos y Fujimori disfrazaron su verdadera intención autoritaria? “Sí lo está”. ¿No es verdad que Fujimori fue expulsando del gobierno a personas que influían positivamente en él, como Jaime Yoshiyama o su propio hermano Santiago Fujimori, a pedido del mencionado Vladimiro Montesinos? ¿Está demostrado que lo hizo para permitirle el control absoluto del Estado? “Sí lo está”. ¿Alguien puede negar que Fujimori dilapidó el cheque en blanco que recibió en 1995 cuando la población votó por él masivamente, pudiendo permitirle terminar de ejecutar las reformas estructurales que había iniciado en su primer mandato? ¿Está demostrado que en su afán reeleccionista paralizó todas las reformas y destruyó todas las islas de excelencia que había construido, como la Sunat, Foncodes, etc.? “Sí lo está”. ¿No está demostrado que, más allá de la buena gestión de algunos ministros, fue la torpeza ciega del propio Fujimori la que condujo al desastre recesivo del 98, ahondando una crisis que, de haberse manejado como correspondía, hubiese durado a lo sumo un año? “Sí lo está”. ¿Para qué sobornaba congresistas Montesinos? ¿Para qué hacía lo propio con los medios de comunicación? ¿Acaso para que el ex asesor del SIN mejorase su imagen personal o, evidentemente, servía a los fines políticos de Fujimori? ¿Se puede siquiera dudar que el ex mandatario no estaba al tanto de ello? ¿La sola lógica no permite demostrar que era socio y cómplice de ello? ¿No está probado acaso? “Sí lo está”. No es amnesia. Lo que causa alarma no es que estos sectores de la derecha hayan sacado del armario sus trajes fujimoristas porque sufran de amnesia selectiva o que, llevados por la conmiseración ante la tragedia personal de Fujimori, antepongan ello al juicio crítico y severo respecto de quien nos gobernó la década de los 90. Lo lamentable es que, en el fondo, nada de lo dicho ocupa un lugar preponderante en su escala de valores políticos. Lo único que vale para este sector –ojalá minoritario– de la derecha peruana es que haya un gobierno que proteja sus inversiones a toda costa eliminando cualquier cosa que se interponga en el camino, aún si fuera el propio sistema democrático el que deba ser tirado por la borda. Horrible disyuntiva. El Perú parece condenado a rechazar el progreso. Nuestro ADN nacional parece ser recesivo. Cien veces en nuestra historia hemos estado a punto de dar el salto hacia los parámetros que en el mundo han demostrado ser la única garantía de modernidad: la democracia y la libertad de mercado. Pero siempre, como si de una maldición se tratara, ello terminaba naufragando. El presente parecía propicio para que esta vez sí lo hiciéramos. Años de crecimiento sostenido parecían el telón de fondo idóneo para recorrer el camino señalado. Pero, una vez más, parece que los apus –más que psicología parece geología política la que nos atrapa– no lo permitirán. Salvo que un hecho fortuito lo impida, el 2011 parece conducirnos a la triste disyuntiva de tener que elegir entre una izquierda impregnada de un populismo como el que se enseñoreó en la región en los 70, frente a una derecha que solo se diferencia del mercantilismo civilista de inicios del siglo XX en que ya no usa fracs ni solapines.