Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
De las nuevas formas de expresión que el arte contemporáneo aporta, la intervención urbana me parece de las más valiosas. Estás ahí, caminando por la misma calle por la que sales del trabajo y vas todos los días a almorzar, y de entre la multitud aparece un hombre apuñalado que, según descubres oyendo sus lamentos finales mientras se retuerce en el piso sobre el que ya se ha caído, se ha matado él mismo porque la vida es… Pensándolo bien, mejor no decirlo, que para efectos de estas líneas lo que importa no es lo que la vida sea para ese hombre sino el que, salpicado por su sangre e intrigado por el alboroto, te has detenido y acercado lo suficiente para prestar atención a sus palabras, pese a que ahora has descubierto que es un actor y que esa sangre sobre tu ropa huele a ketchup. Igual no puedes dejar de escucharlo, e igual, si el actor es hábil y su discurso es verosímil, esa ficción que tienes al frente producirá un cambio en la realidad en medio de la cual se produce, y el resto de tu camino ya no será igual al de todos los días: será algo nuevo, diferente, aportado por ese “suicidio”, lo que tendrás en mente hoy al voltear la misma esquina que ayer. Has presenciado una intervención urbana: alguien ha hecho que la ficción toque la realidad de un espacio público, subvirtiéndola. Pues bien, la campaña de Jaime Bayly, si es que no pretende de veras lograr la Presidencia (en cuyo caso el que no podamos estar seguros es parte esencial del arte del buen histrión) es una intervención urbana en nuestro espacio público electoral. La intervención de un actor de cuyas muchas facetas uno puede tener opiniones diferentes, pero al que no se le puede negar el brillo sin atropellar la objetividad. Una intervención urbana, de hecho, que ya ha subvertido nuestra realidad ni más ni menos que marcando el inicio de la campaña electoral y produciendo ríos de tinta, como esta. Si este es el caso, creo que es mucho lo que su intervención podría contribuir. Primero, porque es alguien que ya no tiene trapos sucios cuya revelación temer. Está pues en la posición perfecta para dar a la campaña una dosis de honestidad que bien podría, ante la amenaza, obligar a tanto político posero a mostrar más verdad. Segundo, porque es un liberal y esa es una especie con muchas buenas ideas de las que normalmente no escuchamos los electores peruanos. Tercero, porque no tiene miedo de cuestionar lo que la mayoría asume y eso provoca pensamiento, algo de lo que suelen estar huérfanas nuestras campañas. Sea como fuere, si Jaime pone lo mejor de lo que tiene en este esfuerzo, apostaría a que después de encontrarse con su apuñalado a la mitad del camino, ni candidatos ni electores doblaremos la esquina electoral de igual forma en que lo hicimos la última vez que pasamos por ella.