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El interés del tendero

2010/01/27
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No es la benevolencia, sino el interés, lo que empuja al tendero a abrir su tienda. Esto lo “descubrió” Adam Smith pero lo sabía ya antes que él –y lo sabe hoy, al margen de él– cualquiera que alguna vez haya puesto un negocio: haces el negocio porque esperas estar mejor después del esfuerzo (económico y de trabajo personal). Por otra parte, tampoco es la benevolencia, sino el interés, lo que lleva a los consumidores –“al pueblo”, diría Chávez– a comprarle al tendero: le comprarán mientras ofrezca mejores productos a mejores precios que el de al lado. Por eso el tendero no te dice: “Sé generoso, cómprame”; si no: “Cómprame, te conviene”. Esto en modo alguno quiere decir ni que el tendero o el consumidor sean unos miserables: de hecho, el tendero puede ser Bill Gates, quien ha donado a los necesitados del mundo más que, por ejemplo, Venezuela en su historia. Lo único que quiere decir es que tanto el tendero como el consumidor buscan no desperdiciar nada (ni posibilidades) cuando intercambian recursos; sabiendo que, al hacerlo, no solo no dañan a nadie, sino que se benefician los dos: el tendero, que solo vende encima de su costo, y el comprador, que solo compra al que le ofrece la mejor combinación calidad-precio. Pretender, pues, como lo hace Chávez, poder dictarles a los supermercados los precios a los que venden (que eso supone devaluar la moneda en 50% y exigir, sin embargo, mantener los precios) es ir contra la razón de ser de esos supermercados y pedirles no obstante que sigan siendo. No importa cuántos supermercados expropie Chávez, jamás logrará que le gente invierta lo suyo para que el Estado decida cuánto, si algo, le toca a cambio. Máxime cuando “el Estado” es al final del día siempre un(os) nombre(s) concreto(s) que, encima, no suele ser “Salomón”. Lo más que Chávez puede lograr – que ya viene logrando, en realidad– es lo mismo que su admirado Castro: que las personas no produzcan salvo para los mercados negros y que haya un aparato estatal que intente suplir a los individuos con inevitable ineficiencia (baste si no con ver cuánto ha caído la productividad de PDVSA). Pero nadie le entregará su sudor y sus recursos personales para producir y que él disponga, porque eso sería, para decirlo con Marx, alienarse. Para saber esto, en fin, no es indispensable haber leído tratados económicos, como lo han demostrado las masas de venezolanos que el día mismo de la devaluación invadieron las tiendas oliéndose la escasez que se les viene. Basta con que pienses alguna vez en hacer una empresa. Y al pensarlo, de mirar con honestidad, adentro tuyo.