Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Aunque debilitado, por la edad y las enfermedades, había dejado de dirigir cine y teatro, sus dos grandes pasiones. El anuncio de que Ingmar Bergman había muerto a los 89 años me ha entristecido como si hubiese sufrido una pérdida personal: era, para mí, el director de cine más importante y original del siglo XX, pues dejó en ese arte una huella muy profunda y permanente. Por supuesto que hay otros grandes filmes (Citizen Kane, de Orson Welles, es uno de ellos) y grandes directores que nos han dejado una o más obras memorables, como Vittorio de Sicca, Federico Fellini, Francois Truffaut o Akira Kurosawa. Pero las películas de Bergman son un conjunto de extraordinaria coherencia formal y conceptual en el que quizá no haya un solo ejemplo que pueda considerarse fallido: su visión es concentrada y rigurosa porque sabe lo que tiene que decir y cómo decirlo. Lo afirmo sin temor a equivocarme porque debo de haber visto casi toda su obra fílmica a lo largo de más de cuatro décadas, al punto de llegar a tener familiaridad con un mundo que, en principio, era bastante ajeno a mi experiencia personal: el que un creador sueco, hijo de un severo pastor luterano, había construido alrededor de sus inquietudes religiosas y su angustia existencial ante el sentido del amor y de la muerte; incluso sus reflexiones sobre el placer, la culpa y la fugacidad de todo estaban ligadas a mitos y tradiciones nórdicas de origen medieval. Pero el arte de Bergman consistía en convertir ese oscuro trasfondo en la base para analizar los más ocultos recesos del alma humana, esfuerzo que, siendo muy personal, implicaba a todo hombre de nuestro tiempo, más allá de las fronteras culturales. Y, así, siendo fiel a sus propios fantasmas, era capaz de aludir a los de cualquier otro y, por lo tanto, de producir en cada persona una gran conmoción espiritual: la de revelarnos algo que no sabíamos sobre nosotros mismos. ¿Cómo olvidar esas obras maestras que son Las fresas silvestres, La mujer del payaso, El séptimo sello, La fuente de la doncella, A través de un vidrio oscuro, El silencio, Persona, Escenas de un matrimonio, Gritos y susurros, Fanny y Alexander, Sonata de otoño y tantas otras? Un rasgo característico de Bergman es que podía ser tan compasivo como implacable, tan hondo como accesible. Rompió con el prejuicio de que el cine sólo podía crear su magia si lo hacía con rostros y figuras de perfección irreal. En Persona, por ejemplo, la cámara se complace en registrar, con cruel minucia y en primer plano, las imperfecciones, las arrugas, los poros donde brota el sudor del rostro de Liv Ullman, una de sus actrices favoritas. Creo, también, que si su obra tuvo una admirable unidad interior, y si supo obtener de sus actores y actrices lo mejor de ellos mismos (gracias a un alto grado de exigencia para que entendiesen el cine como una extensión de sus vidas), es porque sus historias se basan casi exclusivamente en guiones escritos por él como un perfecto complemento estructural y verbal de sus poderosas imágenes visuales. Es que Bergman tenía, además, un gran talento literario, como lo demuestran su autobiografía La linterna mágica (1988), sus memorias sobre su larga vida en el cine y el teatro y un par de novelas. El cine es un entretenimiento y un arte. Sin que la comedia ligera esté ausente en su obra (un ejemplo es Sonrisas de una noche de verano), Bergman nunca aceptó que para captar el interés del público hubiese que ser trivial. Hizo un cine visionario, filosófico y hasta metafísico, pero nunca produjo un arte abstracto o artificioso. Supo abrirnos su tormentoso mundo privado, introducirnos en él y convertirlo en parte de nuestra vida. Sin darnos lecciones, nos enseñó que no siempre somos lo que creemos ser y que la existencia tiene terribles repliegues que hay que enfrentar con valor. Por eso, decir que fue un maestro del cine no es suficiente: fue un gran creador de nuestro tiempo comparable a los mayores escritores, artistas y pensadores contemporáneos. Puedo decir que pocos han influido tanto en mi vida como él, pero lo mismo dirán todos los que alguna vez vieron sus películas.