Además:

Huevos de 'Ñandupelicascaripluma'

2009/02/07

Compartir

¿Por qué de niño me preocupaba tanto en no equivocarme, y ahora, de grande, me importa un pepino? Digo un pepino siempre y cuando yo sea el único perjudicado por mi equivocación. En caso contrario, no solo me preocupa sino que puede dejarme grandes sentimientos de culpa. De niño me costaba horrores admitir lo que ignoraba, que era casi todo (como ahora), y de grande suelo afirmar sin vergüenza que con todo lo que ignoro se podría publicar una enciclopedia completa (con algunas lagunas casi imperceptibles, para ser justos). ¿Todos de niños habremos sido así? No estoy seguro, pues veo a muchos grandes que realizan un ímprobo esfuerzo por hacernos creer que saben lo que no saben y tienen enorme presteza para cambiar de tema cuando el que tú abordas les es por completo desconocido. Para mí, decir “no sé” huele no a gloria, pero sí a relax, a tranquilizador acompañamiento de la ignorancia que nos es propia a muchos seres humanos. Ignorancia no significa ser bestias. Significa que sabemos un poquito de cada cosa y, cuando intentamos profundizar, nos damos con límites que, sin estar en nuestra inteligencia, sí están en nuestro grado de información. Lo que acabo de escribir es solo una disquisición banal, como tantas, que servirá de introducción a uno de los muchos temas que atormentó mi infancia. El hecho es que mi padre, valorado por su buen sentido del humor, solía responder específicamente a una de mis preguntas con una humorada que mi madre reprobaba en silencio pues, por mutuo acuerdo, jamás se desautorizaban el uno al otro delante de sus hijos. La pregunta era recurrente pues, cada vez que yo veía una foto antigua, preguntaba lo mismo: ¿Y, en ese tiempo, yo (ese YO grandote de los niños) dónde estaba? Y mi padre, adelantándose a mi madre, respondía sonriente y complacido de su propio ingenio: “Saltando de un huevo al otro, Guillermito, siempre saltando”. Es decir, la no existencia era, según la versión paterna, un eterno saltar. ¿Por qué? Nunca me lo explicaron. Mi madre intentó alguna vez contarme ese cuento de los espermatozoides pero, por Dios, qué niño serio e inteligente, como yo creía que era, iba a aceptar semejante disparate. Por otra parte, “de un huevo al otro” no tenía nada que ver, en mi particular visión del mundo, con los testículos. A ellos, en ese tiempo y en ese tamaño, los llamábamos bolitas. Huevos eran los de las gallinas, las patas, las gallinetas (unas gallinas grises que me fascinaban por su personalidad) o las avestruces que ponían unos huevos inmensos. Y mi saltar imaginario no correspondía a la versión testicular de mi padre sino a un agobiante trajinar entre un huevo y otro de algún animal que, en mi imaginación, era algo así como el “ñandupelicascaripluma” de uno de los cuentos preferidos de mi infancia. En verdad –pensaba– hay que ser equilibrista para saltar tantísimo tiempo sin pegarse un porrazo. Lo de “un huevo al otro” lo comprendí, felizmente, sin que nadie me lo explicara, y debo decir que la figura, aunque un tanto pedestre, me suena deportiva, acogedora y entretenida.