Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Como soy una persona que puede vivir casi sin televisión, pero no sin escuchar música -en volumen muy bajo- cuando leo, escribo o realizo otras actividades, lo primero que hago al llegar a Lima es encender mi radio portátil y sintonizar la emisora Filarmonía (102.7 FM), que ofrece diversos programas dedicados principalmente a la música que todos llaman "clásica", aunque incluya la romántica y la contemporánea. Me parece excelente que exista una radio que difunda ese repertorio y estimule así nuevas vocaciones musicales. Por eso casi nunca tengo que molestarme en mover el dial: no hay otra radio que ofrezca música de mayor calidad. Como los oyentes locales saben mejor que yo, Filarmonía tiene variados programas aparte de su repertorio básico, pues difunde otra clase de música, además de información cultural y charlas sobre diversos temas. Hay horas dedicadas a la música andina (a cargo del Centro de Etnomusicología de la Universidad Católica), criolla, jazz, música del cine, de distintas regiones del mundo, etc. Por ejemplo, el programa de jazz que dirige el artista gráfico Jesús Ruiz Durand es interesante e informativo; por él me enteré de que existe un buen jazz peruano, con gente joven muy talentosa. El de música criolla me interesa solo ocasionalmente, pero lo malo es que quien lo dirige hace unas glosas discutibles en fondo y forma; una vez quiso conmemorar el aniversario de la muerte de una cantante, pero no recordaba la fecha exacta. Hay o hubo también un programa dedicado a la poesía en el que un recitador convierte poemas como Los heraldos negros de Vallejo o el Poema XX de Neruda en atroces homenajes a la cursilería: sus versiones son lacrimosas, pero inducen a la risa, además de alejar de la poesía -quizás para siempre- al público más incauto. Si ya no se difunde, mejor para todos. No me cabe duda de que la intención general de Filarmonía es la de contribuir a extender la cultura musical en el Perú. Pero hay ciertos aspectos o matices en el modo como cumple esa finalidad que deberían evitarse o, al menos, revisarse con atención. Uno de esos aspectos es el lenguaje con el que la emisora presenta su propia misión en favor de la buena música. Ya sea que sus auspiciadores sean entidades culturales, bancos o empresas privadas, los lemas que exaltan su apoyo están redactados (sospecho que por la misma untuosa mano) con una retórica inflada, pomposa y enfática que, a la larga, resulta monótona. El esfuerzo por ligar ese apoyo a la música produce resultados grotescos: ciertos productos farmacéuticos se recomiendan porque "tu cuerpo es una hermosa melodía" (cito de memoria, pero no creo exagerar); se nos invita a disfrutar cierto jamón serrano con una copa de vino como "una sinfonía de aromas y sabores". Lo mismo pasa cuando se trata de recomendar alguno de sus programas asegurándonos que ofrece "grandes obras que el genio ha legado a la humanidad". Este lenguaje grandioso y autoglorificante es un caso de lo que podría llamarse "huachafería dorada", es decir, no la de los ignorantes o de los que tienen mal gusto por plebeyez espiritual, sino de los que poseen una hiperconciencia de que, por dedicarse a empresas culturales, son parte de una minoría de "almas selectas". No necesitamos que lo subrayen tanto. Pero lo peor de Filarmonía es un programa de información cultural y de entrevistas que se transmite al mediodía. Su director (mejor omitir su nombre) da la impresión de no haber preparado nada o de no saber de qué va a hablar o con quién. No recuerda bien los nombres de sus invitados, a qué se dedican o dónde se presentan. Su falta de concentración y de palabras es tal que bordea la amnesia y la afasia. No solo habla de manera vacilante (incurre en frases como "Bueno, yo quería preguntar, este..., que..."), sino que cultiva el dequeísmo" ("creo de que...") y otros vicios expresivos. Debo confesar que este programa ha llegado a resultarme interesante por razones del todo distintas a sus intenciones: documenta otra forma de huachafería, la del que quiere cumplir una función para la cual no está capacitado, pero de todos modos la cumple. Más de una vez, perversamente, he dejado de hacer algo importante para escuchar diálogos parecidos a este: -Estamos aquí con Silvia Díaz (nombre supuesto)... -No, Patricia Díaz. -Ah, sí. Ella se presenta mañana... -No, pasado mañana. -Sí, y el espectáculo es libre... -No, la entrada general es de 15 soles. Si señalo estos aspectos, no es para negar la importante función que cumple Filarmonía, sino para hacerle ver que, aun un devoto oyente como yo, cree que podría hacerlo mucho mejor si redujese la solemnidad y eliminase las huachaferías. En el fondo, no es tan difícil.