Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
La primera vez que escuché a mi mamá decir que mi papá era hipocondríaco, él estaba presente y recuerdo que dijo. “Y con la madre que tuve, qué otra cosa podía esperarse”. Después hablaron de otros temas que no me interesaron, pero que mi papá tuviera la enfermedad del hipo, heredada de mi abuelita, era algo de lo que nunca me había dado cuenta. Recordé que, luego de un almuerzo, yo tuve un fuerte ataque de hipo y me hicieron tomar dos vasos de agua sin respirar, pero sin ningún resultado positivo. ¿Sería yo la tercera generación de hipocondríacos de la familia? Difícil saberlo. Decidí consultar con el oráculo materno. “Mami, ¿yo soy hipocondríaco?”. “Un poquito, Guillermito, un poquito”. “¿Y uno se muere de hipocondríaco?”, insistí, ligeramente asustado. “No, Guillermito, uno no se muere de hipocondría”, dijo mi madre cambiándome repentinamente las palabras. “Pero, mami, ¿vos te acordás del día que me agarró el ataque de hipo y me duró hasta las cinco de la tarde?”. Recién entonces mi madre pescó el hilo de mi indagación y actuó con la delicadeza habitual para no humillar mi exagerado sentido del honor intelectual. “Mucha gente se confunde, Guillermito, casi todos, pero hipocondríaco es el que siempre cree estar enfermo y el hipo es solo un accidente”. “¿Del que cree estar enfermo?”, dije, orgulloso de mi inteligencia. “Bueno, es un accidente que le ocurre a cualquiera. Todo el mundo tiene hipo de vez en cuando”. “¿Y el que tiene hipo cómo se llama?”, pregunté con honesta curiosidad. “No sé”, fue la respuesta materna. Al día siguiente, sabiendo que no se trataba de nada malo, ni digno de burla como yo creía que era el hipo, les conté a mis compañeritos en la escuela que mi papá era hipocondríaco. Nadie entendió muy bien de qué se trataba y mi primer comentario quedó allí. En el recreo, Callegari, mi inseparable Pepito Callegari, me dijo en voz baja que su papá también era hipocondríaco, y que su mamá, que evidentemente no era como la mía, siempre le decía: “Ya me tenés podrida, hipocondríaco de m…, andá que te cure tu mamá, que eso es lo que andás buscando”. Me costó muchísimo comprender que no se trataba de hipocondríacos diferentes, sino de hipocondríacos con diferentes esposas. Una, la de Pepito, intolerante y harta del marido, y la otra, mi vieja, que en todo, hasta en su esposo hipocondríaco, hallaba un motivo de alegría. No podía siquiera imaginar a mi madre diciéndole a mi padre: “Me tenés podrida”, y mucho menos mandándolo donde su madre que, para colmo, también era hipocondríaca. Y de las buenas, de las que anunciaba su muerte una vez al día por lo menos. La experiencia me sirvió para comprender que ser hipocondríaco no era lo mejor que me podía pasar y, teniendo en cuenta las palabras de mi madre diciéndome que yo era un poquito como mi papá, decidí, no sé exactamente a qué edad, combatir la tendencia anunciada. No fue fácil, pero creo que lo logré. Es una lucha desigual, pues hacer razonar a las emociones es como hacer piar a un perro; el hipo, por su parte, vuelve de vez en cuando.