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Hilos secretos entre Fidel y Alá

2010/01/08
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¿Qué efectos produce el poder sobre la inteligencia humana? Creo que, más allá de algunos aportes valiosos procedentes de la psicología y la antropología, aún nos falta aprender mucho sobre un tema que, en algunos casos, puede conducir a catástrofes gigantescas o a consagrar absurdos injustificables. La imagen patética de Hitler insistiendo en su ofensiva contra los rusos, cuando ya los generales alemanes no encontraban respuestas sobre el terreno, es, quizá, el caso extremo del cual tenemos conocimiento. ¿Cuántas historias se podrían construir en torno a los delirios que engendra el poder? Innumerables, sin duda. De casi todas, supongo, extraeríamos la conclusión de que hay una parte de la realidad que, desde la posición que otorga el poder, se vuelve invisible. Algo así como el punto ciego de los espejos retrovisores. Las democracias atenúan el peligro, pero no siempre logran desaparecerlo. Allí, los obsecuentes temerosos al servicio de las dictaduras son reemplazados por los aduladores profesionales cuyo destino depende de su capacidad para reforzar el punto ciego del gobernante de turno. Inspiraba en mí esta reflexión una de las últimas decisiones del presidente y Premio Nobel de la Paz, Barack Obama. No me mueve ninguna animadversión personal contra el mandatario, sino una preocupación y curiosidad enormes por saber cómo será el mundo bajo la conducción de personas dramáticamente ordinarias –aunque no chifladas como Bush– en el uso de poderes extraordinarios. La decisión en cuestión es incluir a los cubanos en una lista de terroristas islámicos. Supongo que el propio Obama, en su estado normal –es decir, sin la carga de la presidencia y la desconocida enfermedad que engendra el poder–, habría reído a carcajadas si su antecesor hubiese anunciado una medida semejante. Veamos una reacción en el interior de Estados Unidos: Eugene Robinson, editorialista del Washington Post, calificó ayer de “risible” la decisión de Obama, tras el frustrado atentado del 25 de diciembre, de poner a los cubanos en la lista de posibles terroristas. “No hay historia de fundamentalismo islámico en Cuba. En realidad, a duras penas uno encuentra allí algo que tenga que ver con el islam”, explica. “Obama ha realizado muchos gestos admirables para acercar la política exterior estadounidense a la realidad objetiva”, concede el columnista. “Pero –agrega–, a la hora de establecer una relación con La Habana, su política ha sido tentativa y vacilante”. Y destaca que, para empezar a cambiarla, puede dejar de “pretender que buscar terroristas de Al Qaeda en vuelos procedentes de Cuba no sea otra cosa que una gran pérdida de tiempo”. Es cierto que si las múltiples y bien pagadas agencias de Inteligencia aseguraron que en Irak había armas de destrucción masiva y que Saddam era socio de Osama bin Laden, bien podrían ahora, forzando y disfrazando la realidad como acostumbran a hacerlo, inventar células islámicas en Cuba. Todo es posible cuando se trata de defender el orden que asegura el dinero.