Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Elizabeth Bartholet, catedrática de Derecho en Harvard, se presentó este viernes 6 ante la CIDH para defender, frente al reciente rechazo en Latinoamérica a la adopción internacional, “al más fundamental de los derechos” de los niños: el derecho a unos padres que los quieran y cuiden. Su causa, claro, es justísima. Entre las razones que existen para creer en la humanidad, pocas son mejores que la adopción que se produce saltando las barreras de la cultura, raza, nacionalidad, clase, religión y todas esas cosas en las que a menudo los hombres nos encerramos, separándonos. Cada padre al que le basta tener en común únicamente su humanidad con un niño al que casi no conoce para recibirlo como a hijo, y cada niño que comienza a llamar “padre” a ese extraño a quien confía así su sensibilidad, refundan, en pequeño, lo humano de la humanidad. Y sin embargo, a pesar de la abrumadora estadística sobre las vidas que de esta forma han recibido una oportunidad, proliferan entre nosotros quienes atacan la adopción internacional. Algunos, porque prefieren dejar a los niños en los orfanatos que darse el trabajo de luchar contra el tráfico de niños. Muchos otros, porque argumentan neciamente que se viola con ella el derecho a la “herencia cultural”, como si hubiese cultura que uno pueda aprovechar creciendo criado por una persona jurídica en un albergue del subdesarrollo, y como si, en todo caso, fuese más importante aprender las costumbres que rodean al accidente de tu nacimiento que tener alguien a quien llamar “mamá”. Pero, naturalmente, en lo último en que están pensando quienes sostienen estas cosas es en los niños: lo que les interesa es alimentar al orgullo de la tribu para llevar agua a sus molinos políticos. Así han conseguido que durante los últimos cuatro años la adopción internacional caiga consistentemente al punto de que, por ejemplo, se proyecte que para el 2010 los estadounidenses (los mayores adoptadores internacionales) podrán hacer la mitad de adopciones que el 2004 y que, concretamente, el Perú haya cerrado sus puertas a esta adopción casi por completo. Qué bueno saber, en medio de un panorama tan desalentador, que existen personas como Elizabeth, que tiene no solo los argumentos jurídicos sino la autoridad moral y la motivación para ayudar a los huérfanos del tercer mundo. No en vano tiene dos hijos adoptados en los truculentos orfanatos peruanos de los ochentas que hoy son dos exitosos jóvenes universitarios en los EE.UU., y a los que les dio para toda la vida, me consta, el hogar más amoroso y acogedor que cualquier ser humano pudiese desear.