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Los hijos de Huachipa

2007/04/24
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Teresa tiene 11 años y desde los cinco ha trabajado en las ladrilleras del asentamiento humano Paraíso, en Huachipa. Primero se dedicaba a maquetear -amasar el barro- como ahora lo hace su hermana Erika, de solo cinco años. También ha pasado por la etapa de canteo -darles vuelta a los ladrillos para que sequen por completo- hasta llegar a la labranza. Es decir, armar bolas grandes de barro, de unos cinco kilos, que debe aventar con todas sus fuerzas dentro de los moldes para formar el ladrillo. "¿Y por qué nos toman foto, profesora?", pregunta curiosa, mientras conversamos en una de las muchas pampas que existen en Huachipa. Esos canchones gigantescos hundidos en la tierra donde familias completas pasan su vida elaborando miles de ladrillos. "No me gusta la labranza. Prefiero cocinar", confiesa la pequeña Teresa. Mónica, a sus escasos ocho años, también conoce de estas faenas. Bajo un coqueto sombrero para protegerse del sol, la niña que asiste al quinto grado de primaria en el colegio Paraíso sonríe mientras cuenta que tiene que madrugar para ir a trabajar antes de asistir a la escuela. Mónica explica que toda la familia debe trabajar para producir por lo menos un millar de ladrillos al día, por el que recibirá 23 soles. Desde que empiezan a caminar, los niños de Huachipa conocen las ladrilleras. Por eso, el día que llegamos a la pampa de Paraíso encontramos a Jimena, de solo dos años, jugando junto a su abuela Herlinda Rosales, que a sus 42 años recuerda que pasó su adolescencia y juventud armando los bloques de barro. "Llegué de Áncash para estudiar y trabajar, y cuando me casé, a los 16 años, empecé en las ladrilleras", comenta con nostalgia. ESPERANZA. Herlinda ahora tiene siete hijos y una nieta, y a pesar de que sigue trabajando en la labranza, no pierde las esperanzas de que sus hijos abandonen ese lugar. Por el momento, su mayor empeño está en sacar adelante su proyecto: un bar-restaurante. El negocio de Herlinda empezó hace cinco meses, cuando accedió a un préstamo de 600 soles otorgado por el proyecto Niños Trabajadores Acceden a sus Derechos, a través de la ONG Asociación de Defensa de la Vida (Adevi). Milagros Sucuitana, trabajadora en derechos de Adevi, explica que mediante estos microcréditos se intenta ofrecer mejores posibilidades económicas para los padres de los menores que trabajan en actividades nocivas. "Pienso pedir otro préstamo para ampliar mi negocio y lograr que mis hijos dejen la labranza", señala Herlinda tras comentar que ya canceló su deuda. Además de los préstamos para iniciar algún negocio, comprar un mototaxi o financiar pequeños proyectos familiares, Adevi tiene un programa educativo y un refuerzo nutricional para los menores. "Realizamos una evaluación a los niños que ingresaban al proyecto y descubrimos que el 60% padece de desnutrición". La falta de agua potable, el contacto permanente con la tierra en las ladrilleras y la falta de recursos para una adecuada alimentación son las causas del alto porcentaje de malnutrición. A través del programa de nutrición se financia, en coordinación con el Pronaa, comedores populares en los asentamientos humanos de Paraíso y de Nievería, donde 180 niños participan en el proyecto. ALTERNATIVAS. A Violeta le fascina Internet, ella va todos los días al Centro Educativo Técnico Productivo Whiphala de Huachipa, que Adevi ha instalado en Nievería, para consultar en los portales del ciberespacio cualquier duda que tenga sobre las tareas escolares. El pequeño Abraham también comparte esta fascinación por la computadora. Este centro fue creado para ofrecer otras opciones laborales a los niños y jóvenes que viven en Huachipa y que quieren abandonar las ladrilleras. Allí se ofrece las especialidades de confección textil, computación y cosmetología. Alfredo Robles, director de Adevi, afirma que durante los 10 años que llevan trabajando en esta zona se ha logrado que los padres comprendan que apoyar la educación de sus hijos es la mejor alternativa para mejorar sus posibilidades de vida. Sin embargo, la extrema pobreza y los escasos recursos de las familias hacen cada día más difícil y complicado el camino para abandonar las pampas de Huachipa.