Además:

Hay quienes creen que Dios es su copiloto

2009/03/30
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los accidentes de tránsito y sus víctimas fatales se han convertido en un tema recurrente de los medios de comunicación. La tendencia es siempre aislar el problema y solicitar medidas puntuales que no excedan el ámbito de la problemática que preocupa. Todo, feliz o desgraciadamente, está profundamente interconectado. No hay islas. Podemos iniciar la cadena con el excesivo individualismo que esta sociedad ha colocado en el altar de los grandes logros. Ese individualismo, más allá de proyectar inevitablemente el sueño un ciudadano, un carro, impulsa a cada quien a conducirse y a conducir de acuerdo a algo que se da en llamar sentido común y que, a veces, no es sino la defensa de la propia conveniencia. Para aquel que está apresurado, todos los carros circulan lentamente, para aquel que no tiene apuro, todos exageran su velocidad. El único que circula a la velocidad correcta es uno mismo. Lo he escuchado mil veces de bocas de taxistas, de amigos y de mi propia boca. Es una de esas irracionalidades cotidianas de las que solo somos conscientes cuando ocurre alguna anormalidad que deje fuera de cuadro esa aterradora simplificación. Por otro lado, nadie parece honestamente convencido de que el alcohol y el volante no hacen una buena pareja. Lo he visto en todos los sectores sociales. Verbalizan bien antes del alcohol y aseguran que nadie debe conducir con unos tragos encima, nadie que no sea uno mismo, por supuesto. Luego a arriesgarse, seguro que no pasa nada. Hasta que pasa. En el fondo, predomina la cultura “me zurro en el prójimo” o, si queremos ser más crudos: “el prójimo no existe”. Es esa cultura, ampliamente auspiciada por una sociedad que parece haber olvidado los beneficios de la cooperación y la solidaridad, la que está tanto detrás de los accidentes, como detrás de los decibeles atronadores con los que escuelas, institutos, clubes y particulares festejan lo que corresponda sea para aturdirse, sea para recaudar dinero, y también detrás de la indiferencia ante los niños que sobreviven en la calle, de los muchísimos desocupados, de la pésima atención en los hospitales públicos, de la agresión constante a la naturaleza, etcétera. Después de leer 90 páginas con disposiciones sobre el tránsito para rendir un nuevo examen a fin de renovar el brevete, me tocó transitar, en una hora punta, por la Panamericana y podría decir, casi sin exagerar, que lo único que se respeta es la prohibición tácita de no llevarse voluntariamente otro carro por delante. Y se respeta porque uno también se perjudica. Si no fuera así emularíamos a los carritos chocones de los parques de diversión. Más allá de las medidas que se tomen para ordenar el tránsito, es imperativo impulsar una actitud crítica frente al caótico grado de alienación en el que vivimos sumergidos. De no haber un cambio positivo en las actitudes individuales, los problemas regresarán, con distintos disfraces una y otra vez hasta que la proximidad del abismo nos determine a detenernos o a arrojarnos en él.