Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Lo que ha pasado en Haití es una de esas tragedias remecedoras que encienden las preguntas filosóficas: que nos sacan de los huecos donde vivimos las rutinas de nuestros día a día, persiguiendo tal o cual cosa concreta, y nos hacen preguntarnos por el sentido de todo el esfuerzo, si es que tiene alguno. Porque, claro, Haití pone en evidencia de una manera clamorosa ese eje de arbitrariedad que traspasa la vida. Porque lo que ha pasado en Haití es algo así como que se le propine una golpiza, y con manoplas, a un inválido. Porque en Haití, antes del terremoto la gente ya vivía como tras un cataclismo: el 84 % de la población bajo la línea de pobreza; la tifoidea, la leptospirosis y la malaria cebándose en la población; la infraestructura de salud casi inexistente y los comunes cadáveres de los niños enterrados en cajas de cartón. Palos, tras piedras, pues, es lo que la vida les acaba de propinar a los haitianos. Lo mismo que les viene dando desde la fundación del país por esclavistas hace unos 300 años: dictaduras, violencia, enfermedades endémicas, huracanes e invasiones sobre un fondo de pobreza permanente. Evidentemente, los que no somos haitianos tenemos que tener la piel muy gruesa para no darnos cuenta de que lo que nos salva de estar ahora durmiendo a la intemperie entre el hedor de los cuerpos que bloquean las pistas es sobre todo un accidente: el de nuestro nacimiento. Y que, de hecho, al final del día, son sólo otra serie de accidentes los que nos separan de esos otros miles de haitís individuales y anónimos que rodean nuestras vidas y en los que la naturaleza demuestra que es, como decía Nietszche, “la indiferencia misma erigida en poder”. Haitís como, por ejemplo, el de haber nacido en el cuerpo de uno de esos niños que mueren constantemente en el Hospital de Neoplásicas. O en nuestras heladas punas, donde tienes muchísimas más posibilidades de crecer desnutrido y con un padre alcohólico que acceder a una educación siquiera escolar que te dé una oportunidad en la vida. Desde luego que hay quienes se sienten autosuficientes y creen que su buena situación se debe por entero a sí mismos. Es miopía: con todo lo que uno puede construir en la vida –y no es mi intención en absoluto negar lo mucho que esto puede ser–, uno siempre lo construye sobre una base de arbitrariedad, que comprende incluso lo que te tocó en cuanto a capacidades personales en la “lotería natural”. Que el que eso sea así no te haga cuestionarte, es otro problema. No es, en fin, motivador lo que este reinado de la arbitrariedad nos dice sobre la vida. Solamente parece dejar espacio para el nihilismo. Hasta que uno recuerda, en medio de los cadáveres infantiles, que hay algo que puede no permanecer indiferente. Nosotros. Y ahí renace, chiquitita, la esperanza del sentido.