Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Escribo bajo el efecto del espanto. Las imágenes que aparecen en las pantallas de mi televisor y mi PC superan mi capacidad de asimilación. Lo de Haití es inenarrable. El horror supera la imaginación. Ya Haití era el más doloroso drama de toda América Latina y el Caribe antes del terremoto: pese a que fue el primer país de la región en proclamar su independencia del colonialismo europeo (1804), tiene casi el 75% de su población viviendo con menos de 2 dólares al día, y el 56% –cuatro millones y medio de seres humanos– tratando de mantenerse en pie con menos de 1 dólar diario. Decenios de 'ajuste’ neoliberal e intervención gringa han desestructurado completamente su viabilidad como país. ¿No sería esta la ocasión adecuada para intentar algo diferente? ¿No sería el drama actual una oportunidad para que los buitres abandonen la presa y le permitan a la pequeña porción de la isla 'La Española’ –que es Haití– ensayar un modelo de organización social y económica que responda a su cultura y necesidades reales? ¿No sería tiempo para dejar que intenten construir una nación viable? Es evidente que no existe un modelo ideal, a pesar de los esfuerzos de los fundamentalistas neoliberales o comunistas por demostrar lo contrario. Éxitos parciales, muchos, pero respuestas aplicables a toda situación, muy pocas. Podría comenzarse, por ejemplo, por disculpar completamente la deuda externa del país, que es de mil millones de dólares. Una propinita para los delirantes mentores del neoliberalismo que ha recuperado bancos por cifras infinitamente superiores, pero un alivio gigantesco para la minúscula nación haitiana. A partir de allí el país podría utilizar los recursos que genera en alimentar adecuadamente a su población y en obras de infraestructura. Básicamente en mejorar o crear de la nada, porque hay muchos sitios en ese país donde no hay nada de nada, servicios sanitarios, médicos y educativos adecuados. Es una ocasión maravillosa, a su vez, para que la cooperación internacional de buena voluntad –y no la basura disfrazada que hace apuestas políticas para luego devorar la presa– estructure un programa de reconstrucción de común acuerdo con los líderes políticos y sociales de Haití. Es una oportunidad ideal para demostrar que aun somos capaces de experimentar compasión y solidaridad. Le haría bien, a la comunidad internacional, ese ser indefinible y etéreo, ese ser abstracto que a veces huele a basura y a veces a rosas, a mostrar reflejos que indiquen que no son una bandada de aves de rapiña en busca de nuevas presas, sino una expresión de lo mejor de la voluntad de seres humanos ansiosa de adquirir el estatus de tales. Transformemos el mal en oportunidad. Hagamos de Haití una experiencia capaz de demostrar que no solo puede ser un Estado viable, sino también de demostrarnos, a nosotros mismos, que a pesar de los errores cometidos y horrores provocados, aun somos viables como criaturas humanas.