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Hahn: El enamorado y la muerte

2007/02/20
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Su voz es original y posee una visión cuyas perturbadoras imágenes reflejan la profunda experiencia de un hombre en el mundo moderno. Felizmente, ese relativo olvido está siendo remediado. Una contribución importante son los dos libros que han aparecido: En un abrir y cerrar de ojos (Visor, 2006), con el que obtuvo el Premio Casa de América, y su Obra poética (Andrés Bello, 2006), que recoge todos sus libros desde 1961 a 2002, más poemas recientes y una minuciosa cronología. Este año, Visor publicará una amplia antología de su obra. Leer el primer libro a la luz del segundo es muy revelador porque confirma que Hahn es un poeta de gran coherencia y que sus grandes temas son los mismos, aunque en cada instancia introduce variantes e inflexiones que los renuevan. Esos temas son esencialmente dos: el amor y la muerte (el título de sus libros así lo anuncian: Arte de morir, Mal de amor), presentados con una especie de pasión controlada y lúcida. Su dicción es siempre nítida, precisa, ceñida, propia de quien ha alcanzado un equilibrado saber de la vida y un saber decirlo con autenticidad. Aunque Hahn nos deja entrever que detrás de cada línea hay una experiencia concreta, todo ha sido sometido a un riguroso proceso de reflexión que lo distancia y lo intensifica. Esta reelaboración del plano emocional hace que el lenguaje tenga la resonancia de un golpe seco, concentrado y sentencioso, con ecos de las formas clásicas: "Con qué rigidez yacen sus cuerpos en el barro/Con qué premura son arrojados en la fosa/ Con qué rapidez son olvidados para siempre" (En la tumba del soldado desconocido). Lo notable es que si, por un lado, el binomio temático amor/muerte tiene raíces en el mundo literario del pasado (las danzas de la muerte medievales), por el otro, está marcado por la inconfundible sensibilidad erótica y agónica de un hombre de nuestra época. Con una autoironía ácida y un frecuente tono sarcástico, el poeta registra los estragos del tiempo y de la enfermedad (en el título del libro y en poemas como Ojo hay alusiones a una reciente crisis de salud) como signos de su propia mortalidad y, contradictoriamente, los tenaces reflujos de la sensualidad. En el fondo, una es el reverso de la otra y son parte de un dilema insoluble; como Quevedo, presiente que hay un amor más allá de la muerte y que la danza de la muerte es también una danza erótica. Lo que tenemos es una lúgubre celebración del cuerpo que decae y misteriosamente resiste. En Pena de muerte, que parece haber sido escrito tras una situación de peligro mortal, el sujeto poético deambula "sin saber si estás vivo o muerto/da lo mismo/porque la muerte también puede ser/una mesa en un bar dos martinis secos/y un par de labios rojos/pronunciando palabras/ que caen como guillotinas"; y en Lolitas, un texto emblemático del juego entre eros y tánatos, lo tienta "el reflejo de la muchacha que nos sonríe/con una guadaña en la mano". Varios pasajes se distinguen por una distorsión grotesca o delirante que borra las fronteras entre lo real y lo onírico, como en Esos desconocidos de los sueños: "¿Qué yo mío es ese que posee su propia memoria/y no es la del hombre que está en la cama?". Otros poemas muestran el lado radical e irreverente de Hahn, su rechazo de todo lo establecido: la religión, la moral, la civilización; en Dios, por ejemplo, la divinidad es un travesti. Más que en sus libros anteriores, se nota aquí una aguda crítica de la actualidad: la guerra, el terrorismo, el odio racial. Y al incluir referencias a la cultura popular, como la música rock y el jazz (véase el díptico San Juan de la Cruz escucha a Miles Davis), confirma otro rasgo de su poesía: el de integrar la vertiente culta del lenguaje con la popular y coloquial en un ensamble poco común.