Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Cinco años es un tiempo suficiente para tomar distancia de la presentación del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), hacer un balance, dimensionar su huella. Hace unos días me encontré en un debate donde mi interlocutor sugería que el trabajo de la CVR había sido fallido porque los derechos humanos siguen en pésimo estado. Discrepé. Primero, porque no se le puede cargar a la comisión semejante responsabilidad. La CVR tuvo la tarea de documentar el conflicto armado interno (http://www.cverdad.org.pe). Y hasta estudió el fenómeno y propuso algunos lineamientos generales para enfrentar lo que Felipe Mac Gregor llamaba la “violencia estructural”. Segundo, porque hemos avanzado muchísimo. Alberto Fujimori está siendo juzgado –cosa inimaginable hace unos años– y su desprestigio, precisamente gracias a este proceso judicial, es cada día más grande. Vladimiro Montesinos está preso. Igual que muchos cómplices civiles y militares. La corrupción y el abuso perdieron el invicto. En nuestra historia, esto no tiene comparación. Este logro se debe, en gran parte, a un movimiento social que se expresa desde 1985 en la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (http://www.dhperu.org/). El estudio de Coletta Youngers (Violencia política y sociedad civil en el Perú; IEP, 2003) da cuenta de señales irrefutables como esta: no existe en América Latina un movimiento de derechos humanos como el peruano, que haya logrado esa unidad institucional, ese nivel de solvencia profesional y esa influencia en su comunidad nacional. La creación de la CVR debe ser comprendida como parte de un proceso de sensibilización gestado desde abajo, desde este movimiento. Y el principal aporte de la comisión, según mi entendimiento, reside en la oportunidad de recopilar diversas versiones de lo ocurrido en nuestro país durante ese largo y traumático periodo de violencia. No existe una “verdad”, es cierto; sino versiones que apenas han iniciado su confrontación. Y es de esta confrontación civilizada que deben generarse relatos cada vez más re-conciliatorios. No se puede curar sin reconocer el dolor. La evasión es lo contrario del luto. El informe de la CVR, entonces, abrió una nueva etapa en este difícil y sinuoso proceso de reconocimiento de nuestras desconfianzas, personales y colectivas. Sería un error considerar que cerró un capítulo, que resolvió una interpretación correcta e inapelable de un conjunto de hechos que todavía nos siguen sorprendiendo (por ejemplo, Putis). Sigue pendiente, pues, la construcción de una historia compartida. Es cierto que, una vez presentado el informe, se hizo evidente que a la comisión le faltó una adecuada estrategia de comunicación. La polarización fue inmediata y los que suelen polarizar encontraron una nueva oportunidad para descalificar a los promotores de derechos humanos, acusándolos de simpatizantes de terroristas o, en el mejor de los casos, de tontos útiles. También hubo aquellos que preferían no volver a levantar el resentimiento y acusaron a la CVR de hincar viejas heridas. Lo cierto es que hasta para olvidar de manera saludable es necesario primero rememorar y disipar la confusión. Los derechos humanos en el mundo occidental, a pesar de tantos prejuicios aún vigentes, han dejado de ser privativos de algunas izquierdas y se han convertido en un criterio político y en una acción civil, cada vez más universal. La Declaración Universal (http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm) ha dejado de ser solo una herramienta de denuncia para convertirse en una inspiración. No se trata solo de luchar por los derechos humanos, sino de promover su realización. El legado de la CVR se encuentra, estoy convencido, en esta dirección.