Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Leo por casualidad la carta de una entidad pública, ampliamente condecorada de firmas y sellos. El documento empieza con un santo y seña de la formalidad burocrática: “Mucho agradeceremos se sirva informarnos a la brevedad posible…” y termina con un adverbio que funciona como frase: “Cordialmente”. Todo en ese lenguaje suena a falso, impostado, artificial. Todavía vigente, incluso entre los burócratas al teléfono, todavía se usa porque otorga una supuesta dignidad o majestuosidad. Frases como “desempeñarse en el cargo”, “los trámites respectivos” y, la más barroca de todas las que he leído últimamente, “nos veremos en la innecesaria obligación de suspender los servicios referentes”, forman parte de la selva oscura que leemos o escuchamos. Hay otras frases: “Sírvase dirigirse a la entidad correspondiente”, por ejemplo, es una de las mecidas burocráticas más comunes. En la gente joven las comunicaciones son más simples. En el Facebook alguien propone a alguien ir al cine. La respuesta que leo: “Ta q’ no puedo, weon, tengo q’ quedarme en mi jato para ayudar a mi vieja con unas waas”. No es de extrañar. A propósito del libro Derribando muros –escrito junto con Silvia Miró Quesada y Juan Biondi–, Eduardo Zapata ha dicho que hoy cada vez más gente escribe como habla, mientras que antes se hablaba imitando el lenguaje escrito. La conclusión es que tenemos la sensación de leer el habla. Con frecuencia también prefiero la gracia del chateo al almidón de los documentos oficiales y me gustaría más estar involucrado en “waas” –“webadas”– que en los “trámites respectivos”.