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La Habana perdida de Cabrera Infante

2006/08/02
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Las tres grandes pasiones del recientemente desaparecido Guillermo Cabrera Infante eran la literatura, el cine y la música. Quizá había una más, que las abrazaba a todas: La Habana, que era para él, venido muy joven desde el interior de Cuba, la ciudad por excelencia, donde descubrió el ambiente ideal para disfrutar o cultivar las otras. Es de imaginar lo que debió ser para él verse forzado, por su radical rechazo de la revolución castrista, a marchar temprano al exilio, que vivió esencialmente en Londres, donde murió sin haber vuelto a pisar la Isla. En literatura, como es bien sabido, hizo de La Habana un mito, un verdadero paraíso perdido donde la noche era infinita y ofrecía todos los placeres al ritmo frenético de la música afrocubana. No sólo fue un empedernido aficionado al cine, sino que ejerció, generalmente bajo el seudónimo de G. Caín (usando las dos primeras sílabas de sus apellidos), el oficio de crítico y cronista cinematográfico; gran parte de esos textos fueron reunidos en el volumen titulado Un oficio del siglo XX. Durante su breve período revolucionario, participó en la realización del documental P.M. (es decir, Post meridiam), que recogía los vibrantes sonidos e imágenes de La Habana nocturna. Era inevitable que las autoridades cubanas -en agresiva campaña para denunciar que la corrupción burguesa y el influjo norteamericano habían convertido la ciudad en un lupanar (lo que al autor lo tenía sin cuidado)- viesen con sospecha el filme y a sus participantes. Allí acabaron sus ilusiones con el régimen. Todas aquellas pasiones se sintetizan gozosamente en su obra literaria, que es una celebración del lenguaje paródico, de esa peculiar forma del humor que es el irreverente choteo cubano, del hedonismo intelectual y del juego -sobre todo del juego verbal-. Cabrera Infante fue un maestro del pun, forma sutil del ingenio que es una tradición en la literatura anglosajona, de la que fue devoto lector. Su humor fue multilingüe y de una fría agudeza, más propia de un moralista satírico a lo Swift, que de un novelista: sus verdaderos personajes eran las palabras, no los seres humanos. Sus frases podían ser demoledoras: "Cuba padece de Castritis". Los títulos de sus obras son reveladores: Tres tristes tigres, Exorcismos de estilo, La Habana para un Infante difunto, Mea Cuba y otros. Después de P. M., el autor se pasó la vida viendo cine, escribiendo sobre él y preparando proyectos con Néstor Almendros y otros cineastas, pero nunca llegó a concretarlos. Es tristemente irónico que sólo al final, tan cerca ya de la muerte que no alcanzó a verlo realizado, se terminase el único largometraje que lleva un guión suyo: The Lost City, que acaba de estrenarse en Estados Unidos. El actor Andy García -que llegó muy niño de Cuba e hizo en Hollywood una muy exitosa carrera en el cine comercial- debuta como director con esta película, fruto de un proyecto que demoró unos once años en culminar, lo que demuestra el gran interés que tenía en el. Su tema encierra algo muy personal tanto para sí mismo como para Cabrera Infante y para millones de cubanos: el de vivir en el exilio, el de haber perdido un país y no poder olvidarlo. La principal vía por la que el filme recobra esa realidad perdida es la musical: la primera escena es menos memorable por lo que vemos que por el torrencial mambo que escuchamos y que de inmediato crea la atmósfera, la época y el lugar. Estamos en La Habana, en los últimos meses del régimen de Batista, ya asediado por la guerrilla de Castro en la Sierra Maestra; más precisamente, estamos en el club nocturno Trópico (obviamente modelado a partir del célebre Tropicana, que es hoy una reliquia viviente de esos tiempos). Cuando aparece en escena el maestro de ceremonias saludando al público "Señoras y señoras... Ladies and gentlemen.", recordamos que son las mismas palabras del anunciador del Tropicana que abren Tres tristes tigres, novela poblada de músicos, vedettes, noctámbulos e intelectuales, todos entregados al arte de la diversión. Hay una buena razón para que el centro del filme sea un club nocturno: el protagonista Fico (interpretado por Andy García) es el dueño de ese lugar y uno los tres hijos del patriarca Don Federico Fellove, cabeza de una próspera familia de la burguesía cubana, que acepta la dictadura de Batista más por conveniencia que por simpatía. Don Federico gobierna el clan con una autoridad absoluta, aunque no carente de afecto por los suyos. Pero pronto los acontecimientos políticos van erosionando su relación con sus tres hijos. Estos son muy distintos entre sí: Fico tiene la mentalidad de un empresario, Ricardo es un idealista y Luis todavía más; quiere acabar con la dictadura y muere en un fallido atentado al palacio de Batista, dejando viuda a la hermosa Aurora (la actriz española Inés Sastre). La crisis familiar se agudiza cuando, tras el triunfo castrista, Fico se ve presionado por la nueva autoridad a hacer cambios socialistas en su negocio, mientras Ricardo percibe los tempranos signos de que Cuba sólo ha cambiado una dictadura por otra. La forma como la película muestra el trasfondo político -más allá del club de Fico y de las tensiones familiares- resulta un poco ausente de verdadero dramatismo: la acción "épica" es ruidosa (propia del cine norteamericano, pero no tiene la profundidad ni la convicción necesarias para que el espectador se sienta comprometido con lo que ve. En esos pasajes, muchas veces el acompañamiento musical de guararachas y sones no resulta muy apropiado y más bien crea una distracción por la falta de verdadero crecimiento dramático. Más interés tienen las viñetas humorísticas que brindan Dustin Hoffman como un gángster que le propone a Fico llevar su espectáculos a Las Vegas, y el comediante Bill Murray -identificado sólo como The Writer-, máscara apenas velada del propio Cabrera Infante, pues comparte su don para el juego de palabras, del tipo "The capital sin" por "The capital city", o "¿Marx? ¿Se refiere usted a Groucho o a Karl?". La obra dura casi dos horas y media. Cuando el espectador sospecha que la historia va a acabar empantanada en lo que vio en la parte central de la cinta, hay un notorio giro que le da nueva vida; los últimos treinta minutos son los mejores. Lejos de escenas de acción, se concentran en el drama que Cabrera Infante y Andy García vivieron en carne propia. Ese íntimo conflicto, que comienza para Fico en el mismo mostrador del aeropuerto donde es tratado como gusano, está presentado con sensibilidad y fidelidad a una experiencia traumática para los cubanos de la diáspora: la de saber que el despótico caudillo les ha expropiado la isla entera y que son ahora unos apestados. Y, otra vez, los alegres ritmos cubanos y la melancolía de las viejas canciones del famoso Bola de Nieve, a lo que se suman los admirables versos de Martí -que cobran aquí una resonancia entrañable- aparecen como el mejor consuelo y compañía que los emigrados cubanos guardan como un tesoro. The Lost City es una especie de testamento cinematográfico que nos ha dejado Cabrera Infante para reafirmar que nunca dejó de vivir en la ciudad que perdió.