En reconocimiento a sus innovadores aportes al lenguaje de la novela contemporánea a partir de la notable El tambor de hojalata (1959), y sobre todo por la importancia moral que tenía su obra como un agónico retrato de la Alemania surgida tras la Segunda Guerra Mundial, la Academia Sueca le concedió, en 1999, el Premio Nobel de Literatura. La presente polémica es crítica para él porque gira sobre un punto clave, hasta ahora desconocido: su pertenencia, cuando era un adolescente, a la temida organización paramilitar llamada Waffen SS en la Alemania nazi.
Para tener una idea exacta de lo que esto significa hay que tener en cuenta dos cosas: primero, que una de las principales funciones de ese grupo era vigilar los campos de concentración y, por lo tanto, era un eficaz elemento de los mecanismos de terror del régimen de Hitler; en segundo lugar, que el prestigio intelectual de Grass se basa justamente en su denuncia de la intolerancia y la barbarie sanguinarias de esa época, como parte del indispensable examen de conciencia colectivo para que esos terribles hechos no volviesen a repetirse. En eso consistía el reto que planteaba Grass y la fuerza moral de su obra, su actitud y pensamiento.
Varios escritores, historiadores y periodistas alemanes ya han intervenido en este debate y han creado una gran polémica. Unos defienden a Grass por haber reconocido, aunque sea tardíamente, su culpa, y afirman que su obra de ficción es suficientemente sólida como para resistir el nuevo escrutinio al que va a ser sometida.
Otros -más numerosos- lo descalifican moralmente para que siga cumpliendo el papel de alto juez y fiscal de la conducta histórica de su país, pues todo lo que diga en el futuro arrastrará, como un obstinado fantasma, la sospecha o la duda sobre las razones de un silencio que guardó durante sesenta años. Por ejemplo, el historiador Michael Wolffsohn -al comentar que Grass había dicho no saber si había dejado pasar antes la oportunidad para confesar la verdad- declaró que, al contrario, "yo sí lo sé", y recordó un acto simbólico realizado en 1985 para lavar la imagen de la Waffen SS como el momento justo para que Grass rompiese su silencio.
Algunos han denunciado la demorada revelación como mero oportunismo del autor para ganar notoriedad y vender más ejemplares de sus memorias, lo que es bastante ridículo. En cambio, el notable crítico literario Marcel Reich-Ranicki -autor él mismo de unas memorias en las que cuenta lo que él y su familia sufrieron en los años de Hitler-, dio una muestra de gran elegancia intelectual al contestar que no diría "ni una palabra" sobre el asunto; silencio resonante que se explica porque se le considera uno de los grandes enemigos de Grass.
Quizá sea conveniente poner este asunto en el debido contexto porque no es el primero ni el último caso sobre la relación entre los intelectuales, el nazismo y otras ideologías totalitarias. El del filósofo Martín Heidegger, que tanto prestigio tuvo alrededor de esos años, es uno de los más notorios, después de que se descubriesen sus innegables conexiones, declaraciones y entusiastas adhesiones al Tercer Reich. Más reciente es el caso del influyente teórico y crítico literario belga Paul de Man, de quien se hallaron, tras su muerte, olvidados artículos periodísticos en defensa del antisemistimo en plena campaña de exterminio por los nazis.
En España, ciertos documentos y cartas personales del escritor Camilo José Cela, exhumados después de obtener el Premio Nobel, probaban que, por simpatía con el franquismo, el autor había brindado información comprometedora para la seguridad de colegas suyos. También hay que recordar las apologías del fascismo que el importante ensayista mexicano José Vasconcelos hizo, tras su desencanto con la Revolución -a la cual contribuyó de manera decisiva-, en las páginas de su revista Timón. Y, por supuesto, la nómina de intelectuales y artistas que defendieron la Revolución Soviética en los terribles años de Stalin es larguísima e incluye nombres tan prominentes como el de Neruda. Todo esto prueba cuán ciegos, débiles o soberbios pueden ser los intelectuales en el campo de la política y cuán fuerte es la fascinación que el poder ejerce sobre ellos, incluso sobre los más lúcidos.
¿Qué cabe decir sobre la conducta de Grass? ¿Cómo juzgar su conducta sin caer en la hipocresía o la exageración? Intentaré hacerlo distinguiendo entre el hecho mismo y su larga ocultación para saber dónde recae la verdadera culpa. Que durante la guerra y cuando tenía unos 17 años, Grass se afiliase a la Waffen SS es, en sí mismo, un pecado menor. A esa edad, en el clima de fervor ultranacionalista que se vivía en Alemania y con el estricto control de la información que impedía saber la verdad distorsionada por las apariencias y versiones oficiales, era casi natural que un adolescente se incorporase a esa organización, como tantos otros jóvenes reclutados a veces por sus padres precisamente para evitarles problemas.
En su descargo, Grass ha explicado que, a esa edad, se sentía "confinado" por sus padres y que ingresar en la Waffen SS era un modo de ganar un poco de independencia y libertad. La explicación me parece bastante convincente. Su afirmación de que durante los pocos meses que perteneció al grupo no disparó un solo tiro, es difícil de verificar, pero no creo que Grass esté encubriendo la vieja mentira con otra nueva: sería como invitar a peores revelaciones que la presente.
Creo, en cambio, que su gran falla está en la pertinaz ocultación de esos hechos, agravada por su propia exigencia de limpiar el negro pasado nazi de Alemania y de que debían asumirse todos los riesgos y las responsabilidades inherentes a ese proceso, para así encarar el futuro como nación democrática. Ese silencio demuestra que él no comenzó la limpieza por casa, como recomienda el viejo refrán. El mismo hecho de que dejó pasar los años mientras su fama como escritor crecía internacionalmente, debió bloquear cada día más su voluntad de confesar lo inconfesable.
Tengo una sospecha sobre por qué no lo hizo en 1985, como sugería el historiador alemán arriba citado: ya por esas fechas, Grass aparecía constantemente entre los candidatos para el Premio Nobel, que en realidad no tiene nunca una lista de candidatos, como suele creerse. El escritor, que -en su fuero interno- bien podía aspirar a recibirlo, sabía perfectamente que revelar su secreto eliminaba toda opción de alcanzarlo. La Academia Sueca suele otorgar el Premio de Literatura -siguiendo los lineamentos de su fundador Alfred Nobel- a quienes demuestren no solo ser buenos escritores, sino tener además una foja impecable de buena conducta como conciencia moral de su pueblo o cultura, que es lo que Grass pretendía ser, pese a esa mancha o manchita en su respectivo dossier.
Después de ganarlo en 1999, se sintió más libre que antes para quitarse ese peso de encima. Y todo lo que está pasando ahora mismo es, en el fondo, un riesgo asumido que sus inminentes memorias hacían inevitable. Aunque sacudido por el escándalo y viendo con incertidumbre su propio futuro intelectual, Grass debe sentir que se ha saldado la deuda con su pasado y que puede respirar un poco más tranquilo.
Esto último trajo a mi memoria un fugaz encuentro que tuve con él, junto con otros escritores latinoamericanos invitados a un gran encuentro cultural en el Berlín todavía dividido. Amablemente, Grass invitó a un grupo de nosotros a su casa, un lugar de amplios y gratos espacios, donde nos atendió y nos sirvió cosas de beber y comer, mientras hablábamos con él, en inglés, de literatura y política. Yo acababa de hacer la ritual visita a la ahora extinta Alemania Oriental, cruzando por el siniestro Point Charlie, y se lo comenté. Grass, un hombre alto y fornido, expresó firmes opiniones sobre el muro de Berlín y el futuro de Alemania como nación independiente. Me sorprendió enterarme, cuando el muro finalmente cayó, que Grass era uno de los que veía la reunificación alemana como algo apresurado y de inciertos resultados. Quién podía pensar entonces que, en su caso, la vieja historia de la Alemania nazi iba a alcanzarlo otra vez.