Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
jchueca@peru21.com En 1993, los periodistas Ricardo Uceda y Edmundo Cruz, de la revista Sí, encontraron la tumba de los estudiantes y del profesor de La Cantuta asesinados por el grupo Colina. Llegaron gracias a un mapa cuyo origen fue, durante años, un misterio. Guillermo Catacora fue uno de sus autores. "Yo tengo un amigo, Justo Arizapana. Una noche, él se quedó a dormir en un sitio donde había recogido unos cartones cuando, a eso de las 3 de la mañana, vio que llegaron unos carros militares y vio cómo bajaron unas cajas de cartón y las enterraron. Él pensó que eran armas que iban a vender a los guerrilleros. Como yo era su único amigo de confianza, me lo contó", explica Guillermo Catacora. ¿De dónde se conocían? Yo lo conocí cuando estuvimos presos, en el año 77, por pertenecer al Ejército Popular de Liberación. creo que así se llamaba. Me metí porque yo soy de izquierda. Cuando Arizapana me llamó, en esos meses, se oía de un grupo Colina, que había matado gente en Barrios Altos y La Cantuta. Una noche, fuimos a sacar lo que habían enterrado y encontramos las cajas de cartón. Pero no había armas. Eran huesos quemados. Ahí mismo pensamos que eran los desaparecidos de La Cantuta. ¿Qué hicieron? Fui donde un amigo, que me dijo que fuera donde el congresista Róger Cáceres, que estaba investigando este tema. Lo buscamos, pero no nos creyó. Nos pidió pruebas. Al día siguiente, en mi casa, dibujamos el croquis, el mapa del lugar, el que salió en la revista Sí, y se lo llevamos junto con un hueso de la cadera. Yo no tenía miedo de andar con eso en el bolsillo. Él dijo que le dejáramos las cosas, que esperáramos un rato antes de irnos, que él iba a encontrar una explicación de cómo lo recibió y que no le habláramos de eso a nadie. ¿Qué hicieron? Porque la Policía presentó un mapa también. Nosotros, cerca de mi casa, habíamos sacado 10 fotocopias, por si acaso, para entregarlas a los periodistas. Y, como pasaban los días, empezamos a dudar de que fuera a salir. Yo conocía a un periodista de radio Comas, Juan Jara, y le entregamos una copia. A él nomás le dimos. Pero la revista Sí publicó la información y salió en todas partes. Nosotros nos alegramos, pero después me enteré de que se habían llevado a algunas personas y ahí nomás me fui. A Jara le encontraron el mapa y lo arrestaron. Lo encerraron 10 años, por no revelar su fuente. Es una persona muy correcta. ¿A dónde se fue usted? A Italia, donde tengo a mis hijas. Allá me llevé mis artesanías de cacho de toro. Vendiéndolas estuve viviendo. ¿Qué pensaron cuando vieron el reportaje de la revista Sí? Nos alegramos, porque así esclarecimos la matanza de los estudiantes de La Cantuta. Además, antes siempre estábamos enterándonos de estudiantes que desaparecían en Huacho y en Huancayo. Nosotros sacamos la cuenta; si no hacíamos algo sobre esto, iban a seguir matando universitarios. ¿Por qué le reveló su identidad a Ricardo Uceda, quien la hizo pública para su libro Muerte en el Pentagonito? Yo no lo conocía. Años después, un secretario del doctor Cáceres vino a buscarme y me dijo que Uceda estaba haciendo un libro y que me quería entrevistar. Yo le dije que sí, porque ya no había ningún problema. Incluso, Montesinos ya había caído. Nos pusimos a conversar y le conté todo. Usted es Catacora, me dijo. Tanto gusto. Usted estuvo también cerca de la masacre que se produjo en el penal de Lurigancho, en 1986, y conoció al único sobreviviente. Sí. Yo estuve preso en Lurigancho del 84 al 87, más o menos. Como soy habilidoso y me hacía mis herramientas, me pusieron a trabajar en mantenimiento y, después, en la cocina. Esa noche entró la Guardia Republicana y empezó a reducir a los senderistas. Vimos, como una película, esa matanza. ¿Vio cómo los mataban? Nosotros estábamos lejos, en la cocina. También vimos cómo soltaron a 30 ó 40 presos comunes de otros pabellones. Los mandaron a que saquearan las cosas de los muertos. Ellos fueron corriendo por el Jirón de la Unión -así le dicen a una avenida del penal-. Cuando los republicanos se fueron, Ticona Condori buscó ayuda y nos contó que se había escondido entre los cadáveres y que salió por el mismo boquete que los republicanos abrieron para entrar al pabellón industrial. Parecía que se había revolcado en la sangre, para que pensaran que estaba muerto. ¿Usted lo ayudó? Le abrí la puerta. Había otro empleado que no quería que lo ayudáramos, pero yo lo solucioné. Fui donde otro preso que yo conocía, le dije que había que ayudarlo y se lo llevó a su pabellón, donde estuvo escondido. Tiempo después, salió por la puerta del frente. ¿Cómo vive usted ahora? Vine de Europa a la presentación del libro de Uceda. Tenía un pasaje, pero perdí el retorno. Estoy reuniendo dinero. Se rumorea que el grupo Colina va a salir libre. ¿Cómo se siente? Tengo que ponerme a buen recaudo. Ellos van a querer vengarse. A veces he recibido llamadas amenazándome, pero ya no tengo miedo de que me maten, aunque sí quisiera irme.