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Política | Vie. 26 jun '09
Grupo Complot
De un tiempo a esta parte me ocurre algo extraño: de todas las críticas que recibo por mi trabajo, me sorprende la de cierto sector de la prensa que nos pide a determinados periodistas que no hagamos nuestra chamba. Amparados en argumentos como que no queremos la democracia en el país, o que no estamos capacitados para opinar porque no hacemos periodismo de investigación desde nuestra adolescencia, nos acusan, a través de sus blogs o de las páginas de sus periódicos, de no querer ver la amenaza que acecha a nuestro país producto de una conspiración internacional que busca instaurar un gobierno radical, al estilo de Hugo Chávez o de Evo Morales.
Lo curioso es que tanto a mí como a aquellos colegas que suelen tener una visión crítica de lo que hace este gobierno nos atosigan porque preguntamos lo que hay que preguntar, porque cuestionamos la versión oficial de los hechos, porque le exigimos al Gobierno que les preste atención a aquellos problemas sociales que, por culpa de la indiferencia y la desatención, terminan estallando en actos violentos y en tomas de carreteras. Como no creemos que a patadas y metiendo bala se van a resolver problemas complejos que tienen su origen en una pésima gestión del Estado y en un desprecio por ciertos peruanos que hasta ahora se encuentran al margen del desarrollo, resulta que somos enemigos del Perú y unos paparulos que les hacemos el juego a los grupos radicales.
Tal vez habría que recordarles a aquellos que viven un romance con este gobierno, y que creen que su trabajo es ser relacionistas públicos del poder, que si no hay una lectura correcta del problema, como lo que está pasando en este momento con grupos radicalizados como los de Canchis y Andahuaylas, vamos a tener un radicalismo generalizado que probablemente nos estalle en la cara a todos en el 2011.
Y discúlpenme si no me como el rollo de que todo esto es producto de un complot internacional. Por supuesto que hay grupos de izquierda conversando con Venezuela y Bolivia a los que les encantaría tener a un Chávez por presidente. Y claro que hay dirigentes sindicales que se relacionan con las FARC. Por supuesto que todo eso existe. La pregunta es qué está haciendo el Gobierno al respecto. ¿Por qué si su mandato era crear las condiciones para un desarrollo más inclusivo, se ha permitido que los radicales del 2006 sean ahora más peligrosos que antes? ¿Por qué ha preparado tan bien el caldo de cultivo para que los que quieren que el Perú sea un desmadre tengan tanta acogida en cada protesta social? ¿Por qué si el complot internacional es tan grave y es la causa de todos nuestros males, el Gobierno no toma ninguna medida específica al respecto y ni siquiera señala responsables claros?
Mientras estas preguntas continúen sin respuestas claras, aquellos que creemos que el peor enemigo está en casa en forma de pobreza y exclusión seguiremos cuestionando y preguntando. Aunque nos lluevan insultos, como probablemente me ocurra después de publicar esta columna.
Lo curioso es que tanto a mí como a aquellos colegas que suelen tener una visión crítica de lo que hace este gobierno nos atosigan porque preguntamos lo que hay que preguntar, porque cuestionamos la versión oficial de los hechos, porque le exigimos al Gobierno que les preste atención a aquellos problemas sociales que, por culpa de la indiferencia y la desatención, terminan estallando en actos violentos y en tomas de carreteras. Como no creemos que a patadas y metiendo bala se van a resolver problemas complejos que tienen su origen en una pésima gestión del Estado y en un desprecio por ciertos peruanos que hasta ahora se encuentran al margen del desarrollo, resulta que somos enemigos del Perú y unos paparulos que les hacemos el juego a los grupos radicales.
Tal vez habría que recordarles a aquellos que viven un romance con este gobierno, y que creen que su trabajo es ser relacionistas públicos del poder, que si no hay una lectura correcta del problema, como lo que está pasando en este momento con grupos radicalizados como los de Canchis y Andahuaylas, vamos a tener un radicalismo generalizado que probablemente nos estalle en la cara a todos en el 2011.
Y discúlpenme si no me como el rollo de que todo esto es producto de un complot internacional. Por supuesto que hay grupos de izquierda conversando con Venezuela y Bolivia a los que les encantaría tener a un Chávez por presidente. Y claro que hay dirigentes sindicales que se relacionan con las FARC. Por supuesto que todo eso existe. La pregunta es qué está haciendo el Gobierno al respecto. ¿Por qué si su mandato era crear las condiciones para un desarrollo más inclusivo, se ha permitido que los radicales del 2006 sean ahora más peligrosos que antes? ¿Por qué ha preparado tan bien el caldo de cultivo para que los que quieren que el Perú sea un desmadre tengan tanta acogida en cada protesta social? ¿Por qué si el complot internacional es tan grave y es la causa de todos nuestros males, el Gobierno no toma ninguna medida específica al respecto y ni siquiera señala responsables claros?
Mientras estas preguntas continúen sin respuestas claras, aquellos que creemos que el peor enemigo está en casa en forma de pobreza y exclusión seguiremos cuestionando y preguntando. Aunque nos lluevan insultos, como probablemente me ocurra después de publicar esta columna.
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