Además:

Grasas, totales

2009/12/06
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En este gobierno las verdades suelen salir en ambulancia. Porque, está claro, que a la postre, y con el postre, se sabe todo lo que se maquina en esta administración. Si no, que le pregunten a Octavio Salazar, el ministro clown, el que abogó recientemente por resucitar el servicio militar obligatorio, el ministro metepatas, el que justificó el arresto de la poeta Melisa Patiño, el ministro que conoce de psicosociales y de circosociales, de esos que evitan que miremos lo que está pasando en Trujillo. Ahora, si algo hay que agradecerle a Octavio Salazar es que es un maestro en el arte de descorchar titulares, disparar tonterías, y, a pesar de ello, mantenerse en el puesto, que ese es un don que no tiene cualquiera. Ni la Cabanillas, por poner un ejemplo. Sobre todo lo digo porque después del sarao que se armó con la historia de “Los 'Pishtacos’ del Huallaga”, que arrancó más encabezados que los que logró el robo del pulmón, lo mínimo que se habría esperado es que ruede la cabeza del ministro, y no solo la del jefe de la Dirincri. Porque, vamos, la versión de Eusebio Félix Murga, quien lanzó la especie en conferencia de prensa, no habría agarrado el vuelo que tuvo si el titular del Interior no la hubiese avalado. “Hemos encontrado pruebas para estar casi cien por ciento seguros de que estamos ante un caso de 'pishtacos’”, dijo Murga. E informó entonces que un equipo de la Policía Nacional estaba buscando los cuerpos de sesenta agricultores desaparecidos en Huánuco y en Pasco. Que los crímenes se habían perpetrado a lo largo de treinta años. Que a las víctimas se les extraía la grasa para venderla a una red internacional. Que la grasa era vendida a Europa para la elaboración de cosméticos. Que 'el tejido somático’ (que es como aparentemente se le llama al sebo humano en las comisarías peruanas) se vendía a 15 mil dólares el litro, y se comercializaba, no faltaba más, en botellas de vidrio de Inca Kola, la bebida de sabor nacional. Que la manteca adiposa también era vendida a chamanes y brujos para elaborar velas que se usarían luego en rituales satánicos. Y así. “Aunque parezca increíble, es verdad”, dijo Salazar respaldando la denuncia. Alucinante. El caso lo comentó, por cierto, cachacientamente y en este diario mi vecino de página, Marco Sifuentes, quien fue el primero en destripar el caso como un verdadero 'pishtaco’. Todo un logro histórico por donde se le mire, dijo Sifuentes, algo así como si la Policía Federal de México detuviera a “Los Chupacabras de Veracruz” o como si Scotland Yard enmarrocara a Nessie. Y Salazar siguió declarando: “No es una leyenda, es una realidad. La Policía jamás se prestaría para una farsa de este tipo”. Lo dijo con la contundencia que tiene el enterrador al hundir su pala en la fosa del panteón. Lo dijo, es verdad, el ministro que antes señaló que Sendero no era un peligro; al que Hernani, su predecesor, se refirió como el campeón de los psicosociales; aquel que entiende las conferencias de prensa como coartadas. Es que a Octavio Salazar no hay que analizarlo como un fenómeno de la política, sino como una erupción cutánea, como un forúnculo en el glúteo del poder, como una eyaculación precoz y, por ende, quizás como objeto de atención de los urólogos, más que de los analistas. Pero, eso sí, que distrae, distrae, y en esa función Salazar no tiene parangón. A este paso, dentro de poco, en una próxima rueda de prensa, va a anunciar que él fue el fotógrafo de la última cena o que ya aprendió a abrir cervezas con el ojo o nos va a contar alguna historia en la que reanimó a un ahogado con un vaso de agua o que si le arrancamos un pelo del bigote le vamos a encontrar ADN extraterrestre. Es capaz. El problema es que no se me ocurre qué hará cuando ya no sea ministro, porque cuando uno revisa su currículum, la verdad es que lo mejor de todo, qué quieren que les diga, es la grapa. Como sea, mi querido general, por el servicio cumplido, grasas, totales.