Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Cumplidos 517 años de la llegada de Colón a América, Evo Morales ha declarado al 12 de octubre una “fecha de luto” que conmemora la llegada del “hambre, la enfermedad y la miseria” a América del Sur. En la misma línea, su canciller ha dicho que “antes que llegaran esos hombres extraños a nuestro continente, acá vivíamos el gran Abya Yala, todos hermanados en paz”. Tanto Morales como Choquehuanca protagonizan una reveladora ironía, desde luego, cuando, para decirlo con Unamuno, atacan a España en español. Pero hay más que eso: su visión edénica del pasado prehispánico es un disparate histórico. No solo no es verdad que acá imperaban la paz y la concordia, sino que era mas bien lo contrario: lo que había era un imperio guerrero que se había impuesto conquistando, como España, y con métodos aún más brutales que esta (hace poco, por ejemplo, leía sobre cómo el ejército inca hizo sodomizar públicamente a los jefes chancas); además de estar emponzoñado por una guerra fratricida y de ser odiado por muchos de sus pueblos vasallos, que colaboraron muy gustosamente con el conquistador español. Un imperio, encima, férreamente estamental sobre el que reinaba un monarca contra cuya voluntad personal nadie tenía derechos. Como quiera que su carácter guerrero y absolutista no borra los muchos, y en ocasiones deslumbrantes, méritos de la civilización andina, ni la hace menos frente a las otras culturas de un tiempo en que la guerra y la dictadura era el universal pan de cada día, sorprende la obsesión de algunos en fabricarle una historia a la medida. Quienes inventan para una raza o nación un pasado sin mácula, le hacen con ello un flaco favor, además de a la verdad, al presente. Conscientemente o no, lo que buscan es halagar el ego de los pueblos haciéndoles creer que vienen de antepasados superiores, con la implicación soterrada de que los méritos se heredan y que, por tanto, todo lo malo que sucede en su historia, proviene siempre de afuera (digamos, de “los españoles que robaron el oro” o de “el imperialismo norteamericano”). Con ello solo logran restar potencia a las personas, tentándolas a disolver su identidad en la del grupo y a asumir, bajo el mismo principio que las aristocracias, el sentido de un intrínseco derecho a recibir. Es decir, todo lo contrario de la mentalidad pujante del individuo que, más allá de todo grupo y pasado, siente que es mucho lo que él mismo puede hacer por su destino y se define sobre todo por su propia acción. Hay que desconfiar de todo aquel que nos busque arrullar cantándonos nuestra pertenencia a un grupo –cualquier grupo– de prestigio. Eso solo ayuda a diluir las individualidades, favoreciendo a la formación del rebaño. Y la formación de un rebaño, es evidente, solo es una buena noticia para su pastor.