Además:

Gracias, 'Veco’, y discúlpame…

2010/02/09
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Al 'Veco’ le sobraba generosidad y empatía, cualidades escasas en los seres humanos. Y más en sociedades –como la nuestra– presas de deshumanización. Cada noche, al concluir su programa, y sabiendo que el siguiente era el que yo conducía, anunciaba con una voz fuerte y entusiasta –parecía casi un animador contratado por mí– : “Y ya viene la Dra. Carmen González con su programa De frente y sin máscaras, usted no puede perdérselo”. Ningún directivo le dijo que lo hiciera. Tampoco se lo pedí. Él sabía muy bien que muchísimos de sus oyentes aficionados al deporte prendían la radio solo para escucharlo, y quería entusiasmarlos para que se quedaran en la emisora. Lo hacía sin esperar nada a cambio. Mil veces le agradecí mentalmente su generosidad y otras tantas me prometía verbalizárselo, pero nunca lo hice ni podré ya hacerlo. Pero puedo ver la razón de tamaña ingratitud. Me ocurrió lo que es común a mucha gente: que cuando alguien nos da su afecto sin solicitárselo, somos tan absurdos que, en vez de agradecerlo doblemente –ya que nos evitan el esfuerzo de pedir–, no lo apreciamos. Y cuando lo queremos hacer, ya es tarde. El 'Veco’ se fue y me quedo con culpa y una triste lección. Ni siquiera podré disculparme. ¿Por qué algunos tienen la capacidad de dar y otros –como la mayoría de nuestros políticos– solo piensan en su beneficio personal o partidario? Decía Lacan que el bebé nace posesivo y egoísta, pero en un momento de su desarrollo –cinco años– se produce una transformación de su interior: empieza a amar de otra manera, deja de ser egoísta. Esta transformación se producirá si los padres saben dar afecto sano al niño, si no lo hostilizan o le hacen exageradas exigencias, si no lo ignoran o descuidan. Solo así podrá amar y respetar los derechos del otro, compartir y, finalmente, saber perder.