Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Vendedores inescrupulosos tentaron a millones de personas de escasos recursos con hipotecas basura que les permitirían comprar una casa muy por encima de sus medios. Estos, al parecer muchos de origen latino, vieron en esas ofertas irresistibles la oportunidad soñada de ascender de estatus, impresionar a sus vecinos, vivir mejor, superar a su padre, acceder a la propiedad privada, humillar a su cuñado, ser partícipes del sueño americano: las motivaciones deben haber sido tan diversas como el laberinto de los deseos humanos. En el camino se fueron generando instrumentos financieros para sostener ese colosal andamiaje –inolvidable metáfora del vocabulario toledista– que hoy se ha derrumbado como un rascacielos de palitos de helado. En algún momento que los historiadores acaso podrán determinar con precisión, esa acumulación hipertrófica de fantasía delirante estalló en infinidad de fragmentos que hoy se están dispersando por el mundo (excepto por el Perú, pues según el presidente poseemos un blindaje que nos hace invulnerables), esparciendo la mala nueva. Mientras usted lee estas líneas, billones de dólares están siendo evacuados por un vertedero que nadie sabe con certeza adónde conduce. La desconfianza cunde y el pesimismo reina. Los bancos que hasta ayer prestaban con tanta liberalidad, hoy ajustan, en un despliegue anal retentivo tan espectacular como antes era expulsivo. Hasta el gobernador Schwartzenegger está mendigando un crédito del gobierno porque los bancos de California, el estado más rico de la Unión, se niegan a prestarle 6 mil millones que necesita. Las explicaciones de los economistas sobre las causas y consecuencias de la crisis son tan abstrusas como las de los psicoanalistas cuando dan cuenta de un caso clínico. Ese es el vicio de los gremios especializados en el hombre, cuya jerigonza a menudo oculta la misma sensación de perplejidad y misterio ante el comportamiento de la gente, que vanamente pretendemos apresar en leyes, cuadros, síndromes, fórmulas o predicciones. La naturaleza humana se encarga, una y otra vez, de ridiculizar y condenar a la obsolescencia esos esfuerzos patéticos por cristalizar el exceso que nos rebasa y elude, siempre (eso que los griegos, sin la carga culposa del concepto cristiano del pecado, conocían como hubris). Esto por lo menos queda claro. Por muy sofisticados que sean los utensilios financieros de la banca de inversión, o por muy burdos los cálculos de personas atrapadas en una espiral consumista vertiginosa, el hombre encontrará la manera de llevar la destrucción –algunos la conocen como la pulsión de muerte– hasta el corazón del imperio. Porque han sido los afectos, las emociones y los anhelos, en explosiva combinatoria con una angurria de ganancias siderales a la que nadie puso límites, los que han construido esta burbuja imaginaria de un valor incalculable, en definitiva abstracto, y han sido estos mismos los que se han encargado de pincharla. Ahora todos hablan de codicia, expectativas, desconfianza, miedo, contagio, castigo: esta breve lista es un recorrido por el fracaso de las teorías que ignoran la persistencia de nuestros deseos más recónditos, la tenaz insistencia de lo inconsciente. Magro consuelo para los que se quedaron sin casa o ahorros por obedecer al mandato supremo de nuestro tiempo: a gozar, a gozar, que el mundo se va a acabar (y para muchos, se acabó). En lugar de culparnos unos a otros por la manera en que concebimos el funcionamiento de la sociedad, haríamos bien en ver si sacamos algo útil –es decir ético– de esta funesta corrección histórica.