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Godot, otra vez

2006/10/25
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Comprobé que, no importa quién o cómo se la interprete escénicamente, la pieza es indestructible y sobrevive en cualquier versión: es, a la vez, una obra de vanguardia y un clásico. Lo sorprendente es que no podemos decir que tenga un argumento ni que en ella ocurra nada concreto, ni menos que tenga un significado preciso. Esa ambigüedad es parte esencial de un texto que, desde que se estrenó en 1953, en París (Beckett la escribió en francés), sigue siendo definitorio de lo que se denominó teatro del absurdo. Cambió para siempre nuestra noción del lenguaje teatral y del lenguaje a secas: nos recordó que el significado real de lo que decimos es incierto porque no sabemos cómo lo percibe o entiende el otro. Lo asombroso es que, sin trama y con una monótona serie de reiteraciones, se cree un clima de expectación. Además, lo que vemos nos entretiene pues cobramos conciencia de que la vida corriente es igual que nuestros dramas son irrisorios. Los protagonistas Vladimir y Estragón -o Didi y Gogo según sus respectivos apodos- son un par de vagabundos que, en un lugar indeterminado y vacío, salvo por un árbol, esperan ¿qué? No lo saben; tampoco nosotros. ¿Algún conocido? ¿Alguien importante que los saque de allí? ¿Dios? Aunque la semejanza fonética God/Godot así podría sugerirlo, Beckett se burló de ello; declaró: "Si se tratase de Dios, lo habría dicho". Todo lo que hacen es esperar, aburrirse, pelear por tonterías, pensar en el árbol para colgarse. Estragón repite varias veces: "Nada que hacer". Están condenados a esperar. La única variante a esta situación es la súbita aparición de otra pareja: Pozzo, un hombre brutal y autoritario que da órdenes humillantes a Lucky -como si se tratase de un animal o un esclavo-, a quien mantiene con una soga al cuello. Su presencia es aterradora, aunque no exenta de humor negro, sobre todo cuando Lucky es obligado a hablar y emite un largo e incoherente discurso, una jerigonza en la que se mezclan el vocabulario filosófico, teológico y cotidiano. La obra nos sumerge en la más perturbadora oscuridad, en la certeza de que la vida consiste en pasar el tiempo mientras esperamos la muerte y que solo podemos soportarla si nos reímos de nosotros mismos y le restamos importancia a nuestra propia agonía. Esperando a Godot es la más grande tragicomedia de nuestro tiempo.