Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Escuché en días pasados al señor presidente del Perú formular un plan anticrisis y descubrí que, más allá de que estuviera yo de acuerdo o no con los planteamientos formulados, me complacía ver al doctor García hablando de ese modo. Pensé que era la reacción lógica a la preocupación que me suscitaba la ausencia de un plan de contingencia ante una emergencia como la que atravesamos y, en parte, era eso. Pero había algo más que, recién en el medio de la exposición, logré descifrar. El presidente, en esos instantes, había asumido la condición de estadista que le es inherente a su condición de primer mandatario y había dejado de lado el lenguaje de gerente general que lo había poseído en estos últimos tiempos y que tanto complace a quienes ven a los países como mercados y a los ciudadanos como consumidores. El Perú es esa entidad viva a la que se refirió el presidente en su alocución y no un producto despersonalizado y sin alma que hay que lotear o entregar a quien proponga las inversiones más atractivas y excitantes. Nadie, en su sano juicio, está contra las inversiones, pero estas deben ser tan sanas como el juicio de quien las juzga y deben beneficiar, sí, a los inversionistas pero, principalmente, al conjunto de los peruanos. Debo repetir que ignoro cuál será el resultado de las medidas adoptadas, pues la dimensión de la crisis nos es aún desconocida. Estoy, sin embargo, profundamente convencido de que la clave más relevante para hacerle frente a la misma es esta suerte de resurrección del Estado, que no es estrictamente una resurrección, pues no estaba muerto, sino el regreso del largo sopor en el que lo había sumido la visión económica que imperaba en el mundo y que acaba de estallar. No escapa al buen juicio de nadie esta resurrección o despertar. Lo podemos apreciar por lo que viene aconteciendo en los Estados Unidos, que –como se dijo risueñamente– debería cambiar su nombre por Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de América del Norte, y un poco menos por lo que sucede en la Unión Europea, donde el Estado jamás abandonó muchas de las funciones que por estas tierras entregamos alegremente al sector privado. No me entusiasma en lo absoluto marchar hacia un régimen estatista, pero tampoco me entusiasma este carnaval de privatizaciones y desregulaciones que terminará destrozando la entidad histórica que compone cada nación. ¿Está el péndulo de la historia dirigiéndose a su lado opuesto para componer una nueva síntesis? Quizá. En tal caso, de la crisis actual podría surgir una sociedad que armonice el Estado con partidos políticos sólidos y claros en sus propuestas, con una empresa libre y sensible al bien común y con un mercado adecuadamente regulado. Todo ello en el interior de un orden que impida los abusos de unos u otros y que priorice una mejor distribución de la riqueza. En ese punto, por lo que he leído de los sectores no fundamentalistas de todo el espectro político, no hay nadie que discrepe. Ya es algo. Indica, al menos, que nos vemos a nosotros mismos como una sociedad de seres humanos.